Saltar al contenido

Parte 5 de 10 · El que se sale de la fila

El salario no compra propósito

3 min de lectura

No sé si a todo mundo le pase, pero seré totalmente honesto, durante los últimos 10 años de mi vida corporativa, el principal atractivo y prácticamente lo único que me tuvo en la empresa fue el salario.
Y no me da pena decirlo, mucho tiempo vendí mi tiempo, mi talento, mi energía… por un salario, como un mercenario bien pagado, así de simple.

Me encanta el dinero, no soy de los que reniegan del dinero porque quieren sonar profundos, me gusta vivir bien, me gusta tener opciones, me gusta ser capaz de decir “sí se puede” cuando se trata de calidad de vida.

El dinero es importante.
Y el que diga que no, o miente… o ya tiene tanto que se le olvidó lo que es necesitarlo, pero también sé otra cosa: El dinero, por sí solo, no da propósito, puedes tener el mejor sueldo y sentirte vacío, puedes subir de puesto, cobrar más… y aun así preguntarte cada lunes:

“¿Qué chingados estoy haciendo aquí?”

Un hito importante para mí fue cuando entendí que la verdadera diferencia entre el pensamiento pobre y el rico está en la relación emocional con el dinero, los que ven el dinero como necesidad, como emoción, como urgencia… están condenados a ser esclavos, los que lo ven como herramienta, tienen el control.

Y uno se da cuenta de sus pendejadas, de cómo vives en automático, sin darte cuenta, sin buscar el origen de tus acciones, por ejemplo, yo, durante mucho tiempo, jugué el juego de la emoción:
el coche más grande, el restaurante más caro, el ego más inflado.

Por otro lado, una reflexión importante es que una herramienta no es buena ni mala, depende de cómo la uses, un martillo puede ayudarte a construir una casa… o romper una cabeza.

El dinero es igual, puede levantarte o puede romperte, puede ser la escalera… o puede ser la cadena.

Y ahí fue donde cambié de chip, dejé de ver el salario como trofeo, lo empecé a ver como palanca, no es que dejara de querer ganar más, no es que me hiciera un romántico de la vida sencilla, nunca lo he sido, ni lo seré, simplemente, entendí que el cómo y el para qué generas ese dinero hace toda la diferencia.

Por eso empecé a canalizarlo en proyectos que sí me representan, en negocios, en propiedades, en ideas que me prenden, recientemente, en uno de nuestros proyectos de alimentos, tomamos decisiones estratégicas, ajustamos operación, trabajamos en equipo… y logramos un incremento en las utilidades.
Esa sensación de haberlo creado, de haberlo movido, de haberlo logrado con cabeza y con manos,
vale más que cualquier aumento automático en una empresa.

Porque no es la cantidad, es el propósito, el salario es importante, sería muy pendejo decir que no, pero no es lo que me define, es la herramienta con la que estoy construyendo lo que sí me llena.

Y esa diferencia es la que marca el punto de quiebre y se ve muy claro desde el umbral.

La primera cosecha

Lo entendí con claridad el día que cosechamos por primera vez en la siembra de piña, se hizo con mucho esfuerzo, decidimos invertir, da miedo y hay había riesgos.

Pero también había algo más profundo: crear vida, producir, construir desde la tierra.

Una planta es un ser vivo, la ves crecer, la cuidas, la proteges y cuando llega el momento de la cosecha, no solo recolectas producto: recolectas orgullo, recolectas propósito.

Cuando vendimos esa primera cosecha el dinero llegó, pero lo que realmente me llenó fue la satisfacción de haber hecho algo real, tangible, productivo de haber generado valor desde la raíz.

Ahí entendí que el dinero sí importa, pero el cómo lo generas, el porqué y el para qué, eso es lo que te da plenitud.