Parte 3 de 10 · El que se sale de la fila
Ser leal a uno mismo, no a un organigrama
Siempre he creído que la lealtad es una virtud, que se debe apreciar, agradecer y que como valor debe ser ampliamente reconocido en los que nos rodean, para mí de eso no hay duda, pero toda gran virtud, toda gran habilidad todo poder en sí mismo tiene un punto ciego si abusamos de él, dicho en forma chusca “todo exceso, es mucho”.
En el mundo laboral corporativo la lealtad es un valor altamente reconocido y muy bien “pagado” tanto que un día, sin darnos cuenta, nuestra lealtad está toda con alguien, con algo y no con nosotros mismos, ahí, en ese punto, mi lealtad se volvió una jaula elegante.
En este evolucionar por el camino de la vida -en el mejor de los casos- o incluso con el simple paso del tiempo un día tras otro, muchas veces la organización a la que sirves ya no se parece a lo que era y —aunque a veces cuesta admitirlo— uno tampoco es el que era, hemos cambiado, hemos aprendido, hemos caído, nos hemos levantado.
Has conocido personas nuevas, con visiones distintas, con formas de trabajar, de vivir, de ver la vida que te confrontaron, te abriste a ideas que antes te parecían inútiles, ridículas o inalcanzables.
Participaste en proyectos, emprendiste cosas pequeñas, pero llenas de propósito, jugaste, exploraste, escuchaste, fallaste, volviste a intentar… y todo eso te cambió, te desconfiguró pero también en el mejor de los casos te expandió.
Tu mirada ya no cabe en las paredes de tu oficina, tus conversaciones ya no son las mismas, realmente tú, ya no eres el mismo.
Y entonces llega el dilema, que no es menor, ¿Sigo aquí por lealtad… o porque me da miedo empezar de nuevo?
Ese es un momento muy cabrón, porque no estás peleado con nadie, no te echaron, no fracasaste, pero tampoco eres pleno, y eso, en silencio, te empieza a comer por dentro, te empieza a vaciar.
Entonces aparece el puto miedo, no uno tonto, no el de perder el salario o el título, hablo del miedo que te hace temblar, que sientes en el pecho, en el estómago: “¿Y si allá afuera no sirvo? ¿Y si me estoy equivocando? ¿Y si esto es lo único que sé hacer? ¿Y si la vida sin esto es peor?”
La ansiedad se cuela en tus madrugadas, la angustia te oprime el pecho en la sala de juntas, sientes que todo es un vacío enorme donde no hay manual, no hay protocolo, no hay procedimiento que te salve.
Al considerar todo esto yo entendí que la lealtad a uno mismo es el contrato más difícil de firmar, porque exige traicionar la imagen que los otros tenían de ti y lo que es peor, exige
traicionar la imagen que tú mismo te habías creído de ti, dejar de contarte esa verdad que te habías contado, creído y que era tu centro, que eras “tú”.
Y es ahí, en ese espacio de dolor y claridad, donde te das cuenta que no estás roto… estás en construcción, y que lo estarás hasta el día que mueras, me encanta decir que no soy un proyecto terminado, soy y siempre seré, un proyecto en ejecución.
Por eso sé que cambiar, soltar, renunciar… no es fallar, es parte del proceso, del tuyo, del único que importa.
Y te das cuenta que ser leal a uno mismo es el único compromiso que vale la pena sostener hasta el último aliento, aunque eso te haga ver como traidor ante el sistema, aunque eso te cueste todo lo que construiste antes.
Porque la mayor traición no es irte, es quedarte siendo leal a algo, sabiendo que ya no crees en ese algo.