Parte 2 de 10 · El que se sale de la fila
Renunciar no es rendirse
Nos educaron para quedarnos, para aguantar, para resistir; nos enseñaron que “el que se va, pierde”, “el que calla, otorga”, que “el que se mueve, no sale en la foto”
Nos dijeron que el fuerte es el que se queda, que renunciar es fallar pues, así, simple y llanamente.
Y sí, así nos enseñaron a muchos de mi generación, pero la vida, el trabajo, el autoconocimiento, y sí, también las nuevas generaciones, me han mostrado que hay otra mirada, he aprendido de ellos —aunque no esté de acuerdo con todo lo que implican sus formas— que a veces el valor no está en quedarse… sino en atreverse, a cambiar, a elegir distinto, a encontrarse. Que huir no siempre es de cobardes… a veces es de sabios.
Y fue ahí donde empecé a cuestionarme muchas cosas, donde entendí que a veces quedarse es lo fácil, lo automático, lo que te mantiene cómodo en la silla, y que renunciar, en cambio, es un acto brutalmente honesto y de conciencia.
No es debilidad, no es un arranque, es soltar el peso, es cuando sabes que este camino ya no te lleva a donde quieres ir, es pa’ otro lado, ¿para cuál? No sé, pero definitivamente es pa’ otro.
Yo aprendí que hay batallas que uno pierde por seguir luchando en guerras que ya no son de uno,
y que el hombre sabio —como decía Confucio— no pierde, porque el hombre sabio, jamás compite, esto me llevó a entender algo muy duro, duro por la contraposición con lo que me criaron, me transmitieron, me tatuaron: aceptar que no todo lo que creíste, lo que formulaste como verdad, o éxito y por lo que peleabas día a día, vale la pena. Hay guerras que te desgastan más que te forjan y que la verdadera victoria muchas veces es dejar ir.
Pero nadie te prepara para eso, porque renunciar no viene con medallas o con reconocimiento, viene con dudas, con vacío, con noches largas donde el miedo se sienta en tu cama y te susurra:
“¿Y si te equivocas?”
“¿Y si esto es todo lo que sabes hacer?”
“¿Y si afuera no sirves?”
La ansiedad te arranca el aire, el cuerpo se llena de contradicciones, tus logros pasados se convierten en anclas y tu historia te grita que te quedes… aunque tu corazón ya se haya ido.
Y justo ahí y fiel a mi gusto por dejar declaraciones ontológicas en mi piel, en medio de ese desierto emocional, recordé esa frase de Cortázar que para mí sigue siendo un salvavidas:
“Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo.”
Fue como un respiro, como un permiso, como una grieta por donde se coló la luz, entendí que renunciar no es huir, es honrar la persona que eras y respetar a en la que te estás convirtiendo, y hoy entiendo que no hay mejor manera de honrar un proceso que traer contigo las herramientas que aprendiste ahí, para continuar con tu vida, en otra cosa, en lo que quieras.
Hoy soy esa persona que sigue creciendo, leyendo, equivocándose, cuestionándose, construyéndose día a día, la que sigue aprendiendo que no se trata de trazar mapas finales, es mejor abrir caminos nuevos. Entiendo que soltar es parte del juego, que el que no suelta, se pudre o se “quema” como en el bendito juego infantil, que el que se queda, solo por miedo, ya se rindió, aunque siga en la oficina.
Renunciar no es fallarte, es darte permiso, es asumir que todo lo que has aprendido hasta hoy es solo el inicio de lo que puedes ser mañana.
Es cierto: no hay garantías, no hay red, no hay manual, pero hay algo más grande:
tu paz, esa que no viene de estar seguro, esa que viene de estar en el camino correcto, aunque sea el más incierto.
Renunciar no es rendirse, es tener el coraje de elegir de nuevo, de honrar tu evolución, de firmar el contrato más difícil: serte leal, aunque eso implique decepcionar al mundo entero, incluido, al que eras ayer, porque si en el intento de no fallarle a nadie te fallas a ti mismo, entonces sí, ya te rendiste.