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Parte 1 de 10 · El que se sale de la fila

El que se sale de la fila

3 min de lectura

Hay un momento que no siempre sabes cómo llega, ni cuándo y mucho menos puedes agendar en tu calendario, pero que marca tu historia para siempre, no se anuncia con tu oficio de renuncia ni con una junta. A veces llega en una conversación cualquiera, a veces en el silencio del baño de tu oficina o en una reunión importante, de esas realmente importantes, pero en las que estés disperso, ido, desatento. Un día te das cuenta de que estás formado en una fila… que ya no lleva a donde tú quieres ir.

Yo estuve en esa fila, me formé, me discipliné, me rompí la madre por hacerlo bien. En el mundo donde crecí profesionalmente, lo que contaba era cumplir, resistir, aguantar, demostrar, y lo hice, por años, décadas. Alcancé posiciones relevantes, que en su momento me hicieron sentir orgulloso, pero llegó un punto donde la voz que me animaba y aplaudía por dentro se empezó a callar. Ya no me emocionaba lo que veía y menos lo que venía, y eso, para alguien que siempre ha tenido fuego por dentro, es grave y no solo grave, es triste, es desolador.

En el trabajo todo seguía funcionando, los resultados estaban, los indicadores se cumplían, pero simplemente ya no me reconocía, todo sonaba hueco, todo era monotonía, pesada y asfixiante monotonía, algo ilógico, en una industria donde a diario hay retos, metas y fallas que atender, era curioso, lo que un día me llenó… empezó a vaciarme. Y ese fue mi punto de quiebre.

Salirse de la fila no es un acto heroico, es, muchas veces, un acto silencioso que conlleva mucho diálogo interno, conversaciones interminables con uno mismo y cuando al fin lo vislumbras claramente nadie te da una medalla o lo reconoce, al contrario, te miran raro, te preguntan si estás bien, te ven derrotado, te preguntan de qué huyes, te dicen que cómo vas a dejar algo tan seguro, tan bueno.
Pero lo que ellos no saben es que ese lugar ya no es seguro, ¿qué lugar lo puede ser cuando tú mismo te estás perdiendo?

Yo decidí salirme, no de golpe no con una explosión, fui armando mi salida como quien planea una fuga en la madrugada: sin hacer ruido, lentamente, pero con decisión.

No tenía claro todo el camino y mucho menos lo que venía, pero sí sabía algo: no quería seguir avanzando hacia un lugar en el que yo ya no estaba, no quería seguir aferrado a ese lugar en la fila, esa fila en la que siempre cuidé celoso mi lugar, ese lugar que ya hoy no me llevaba a ninguna parte.

Pero lo más cabrón de todo, lo más duro fue disociar, entender que la fila no estaba mal, al final, las cosas no son ni buenas ni malas, simplemente existen y estaba seguro que esto ya no era para mí. Ahí dejé cosas valiosas, personas que respeto, una historia que honro, pero también dejé un traje que ya me quedaba chico, aunque la mayoría pensó que era porque me quedaba grande, una silla que me daba poder, pero no plenitud, y una rutina que me hacía sentir exitoso… pero no vivo.

Desde que salí, no tengo un organigrama que me proteja, no tengo tarjetas con logo, pero tengo algo más valioso: la posibilidad de construir algo donde sí quepo, donde sí creo, donde sí soy yo.