Parte 1 de 2 · Cuando la crisis eres tú
Cuando la crisis eres tú
Sobre salir del corporativo, evadirme en lo conocido, y aprender a comunicar a mi gente desde la vulnerabilidad
Cuando salí del mundo corporativo después de 22 años, pasé por un cambio enorme de vida. Por primera vez era dueño de mi tiempo.
Sí, ¡cómo no!
Lo que en realidad pasó es que por primera vez estaba completamente por mi cuenta. Sin estructura externa que me sostuviera. Sin agenda armada por otro. Sin nómina entrando puntual. Sin las cien cosas que un puesto corporativo te da para distraerte de ti mismo.
Y eso, aunque te lo vendan como libertad, los primeros meses se siente más como caída libre que como vuelo.
Hay algo que vale la pena nombrar de entrada: cuando pasamos por eventos fuertes o traumáticos, podemos comportarnos de mil formas distintas, pero todas pasan por evasión en algún punto. Y todas, tarde o temprano, terminan llegando al duelo. No hay manera de saltarse el duelo. Solo hay maneras de posponerlo, y casi siempre el precio de posponerlo es alto.
A mí, mi mecanismo de evasión vino disfrazado de virtud: me volqué de lleno en mis negocios personales.
Y aquí tengo que decir algo importante: yo no salí del corporativo a apenas inventarme una vida nueva. Yo ya llevaba más de diez años desarrollando proyectos propios en paralelo. Eso me dio una ventaja real —no tuve que arrancar de cero— pero también me dio el escondite perfecto. Porque volcarse en lo que ya conoces, en lo que ya operas, en lo que te da identidad inmediata, parece estar construyendo. Y en realidad muchas veces es esconderte ahí para no tener que mirar lo que se acaba de romper.
Yo no me lo dije con esas palabras en el momento. Lo entendí después.
Aun así, fue tan difícil el trance que fue precisamente entonces cuando empecé a escribir. Y fue también entonces cuando, con muchísimas dudas, decidí hacer público lo que escribía. No como estrategia. No como marca. Como salida. Como manera de procesar lo que adentro no terminaba de acomodarse.
Pero mientras escribía y mientras me volcaba en mis proyectos, estaba pasando algo que yo no veía y que mi gente sí estaba sintiendo.
Estaba yo hecho un pendejo. Y como estaba yo hecho un pendejo, no comuniqué a las personas de mis proyectos personales qué me estaba pasando y por qué me estaba pasando. No por mala fe. Por evasión pura. Porque comunicar lo que me estaba ocurriendo implicaba primero aceptar que me estaba ocurriendo, y eso era justamente lo que estaba evadiendo.
¿Y qué crees que pasó?
Pues que, si yo estaba ansioso, ellos terminaron ansiosos. Si yo estaba nervioso, ellos se pusieron nerviosos. Si yo no tenía claridad, ellos sentían el desorden sin entenderlo. Y andábamos todos mal sin que nadie supiera exactamente por qué.
Eso no fue culpa de ellos. Fue mía. La gente que opera contigo no opera en el vacío. Opera leyendo tu estado. Si tú no comunicas, igual te leen —pero te leen mal, te leen incompleto, llenan los huecos con sus propios miedos.
Y aquí viene lo que me dolió aceptar, y lo voy a decir frontal porque es la grieta de este post:
En mis 22 años corporativos yo sabía comunicar. Sabía perfectamente que en crisis hay que comunicar. Lo había hecho mil veces: con equipos, con clientes, con jefes, con proveedores. Sabía elegir el momento, el tono, el formato. Sabía cuándo dar contexto y cuándo cortar. Era oficio aprendido a lo largo de dos décadas.
Pero qué diferente es comunicar cuando la crisis es laboral y cuando la crisis es propia.
Cuando es la empresa la que está en problemas, comunicar es ejercicio profesional. Estructuras el mensaje, controlas las variables, separas el dato de la emoción, presentas un plan. Te queda lejos del cuerpo. Sales del meeting y te vas a comer.
Cuando la crisis eres tú, no hay distancia. No hay PowerPoint. No hay estructura que te proteja. Lo que tienes que comunicar es desde dónde estás operando, y eso te obliga primero a mirarlo. Y mirarlo desnudo no es lo mismo que articularlo profesional.
Por eso alguien con 22 años de experiencia corporativa tuvo que tratar este tema en coaching para aprender algo que en teoría ya sabía hacer. Porque no es lo mismo el oficio que el desnudo. Y casi nadie te entrena para el desnudo.
Gracias al trabajo de coaching hice dos cosas, las dos importantes, y las dos juntas:
Estructurar mi nueva vida. Dejar de operar desde la inercia, ordenar agenda, ordenar prioridades, ordenar criterio. Dejar de huir en los proyectos y empezar a habitarlos desde un lugar más claro.
Comunicar efectivamente lo que estaba pasando. A mi gente cercana. A mis socios. A mis colaboradores. No con drama, no con larga sesión terapéutica, no pidiendo nada. Simplemente nombrando: esto es lo que está pasando conmigo, esto es lo que estoy procesando, esto es desde dónde voy a operar los próximos meses, y aquí está lo que necesito de ustedes para que juntos sostengamos esta nueva etapa.
Las dos cosas eran necesarias. Estructurar sin comunicar deja a tu gente afuera del proceso. Comunicar sin estructurar deja a tu gente con un mensaje vacío. Las dos juntas son lo que cambia algo de verdad.
El resultado fue muy bueno, y lo voy a decir sin maquillar.
Sentí el cariño de mi gente de una manera que no había sentido antes. Porque cuando te muestras desde la vulnerabilidad real —no la performativa, la real— la gente que te quiere se acerca, no se aleja. La gente que opera contigo respira porque por fin entiende qué está pasando. Y la relación cambia de tono.
Y al mismo tiempo, ellos sintieron mi presencia desde otro lugar. Ya no era yo encerrado en mis proyectos, evadiéndome en lo conocido, contagiando ansiedad sin saberlo. Era yo presente, ordenado, en armonía y compañía con ellos.
Eso no se compra. Y no se hereda. Se construye comunicando.
Si lideras a otros —tu familia, tu equipo, tus socios, tus colaboradores, tus hijos— y estás atravesando un trance personal, no te encierres. Comunica.
No por terapia. No por desahogo. No para que te tengan lástima.
Por respeto a quienes operan contigo. Porque su tranquilidad emocional, su capacidad de ejecutar, su sensación de pertenencia a algo coherente —todo eso depende, en parte, de qué les digas y qué les calles. Y si callas lo importante, no estás protegiéndolos. Estás cargándolos con un peso sin nombre que ellos tampoco saben procesar.
Sabes comunicar la crisis del negocio. ¿Sabes comunicar la tuya?