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No son las canas… es lo que te llevó a ellas

3 min de lectura

Tengo 48 años y a esta altura de la vida, estoy lleno de canas y supongo que con casi todos es igual. Pero si no hubiéramos hecho lo que hemos hecho, a lo mejor las tendríamos por pura inercia, sin sentido, y si fue así… este es buen momento de buscarlo.
Hace años me acerqué al desarrollo humano, no por iluminación, no por vocación.
Por pura inquietud, porque, aunque por fuera todo parecía funcionar, por dentro algo ya no cuadraba.

Tomé un diplomado con los jesuitas y pensé que iba a aprender cosas, y sí, aprendí, pero no pasó nada, o al menos eso creía.
Porque entre lo que entiendes y lo que vives, hay un abismo. Y ese abismo no se cruza con libros, ni con más cursos, ni subrayando frases bonitas, se cruza ejecutando algo distinto.
Pasaron años de seguir igual, pero con nuevas palabras para explicar lo mismo. Hasta que entendí una verdad muy incómoda de este juego:
Puedes saber mucho de ti… y aun así no cambiar nada.
Porque siempre encontramos la forma de acomodar la realidad para no incomodarnos.

Distorsionamos.
Justificamos.
Maquillamos.

El desarrollo personal sin ejecución es solo autoengaño con vocabulario premium, ahí fue donde empecé a valorar algo que no es ni se siente chido, pero que es brutalmente necesario: la autocrítica.
No la que te destruye con culpa, sino la que te enfrenta, la que te dice de frente:
“Sí, ya entendiste… pero sigues decidiendo desde el mismo puto lugar”.

El desarrollo humano fue solo la puerta: si no haces algo distinto, ni el diplomado, ni el siguiente libro, ni el siguiente curso sirven de nada.
Y ahí entró otro componente, que hoy es el ancla más valiosa de mi crecimiento de vida: mis ocho años y contando de Workplace Coaching.
Ocho años de sentarme frente a alguien que no me compra mis cuentos, no para sentirme bien, sino para ver la estructura que yo no quería ver.

La persona con la que trabajo es fuera de serie, como profesional, impecable; como persona, todavía más, pero lo más cabrón no es su técnica, es cómo sostiene el espacio, a través de ella entendí algo que antes no procesaba:
La amabilidad no es suavidad. Es precisión.
Es saber cuándo apretar y cuándo darte el espacio para que te estrelles solo.
Porque sí, hubo muchas veces en que tocábamos el nervio profundo de mi estructura interna… y yo elegía correr, cambiaba de tema, intelectualizaba, justificaba, me iba.
Y ella no me detenía. No me perseguía. No me empujaba.
Solo dejaba el espacio ahí, porque el trabajo real no está en la sesión.
Está en regresar.
Regresar a lo incómodo, regresar a lo que evitaste, regresar a ti.

Y eso es lo que he hecho durante estos años. Irme… y volver, una y otra vez, hasta dejar de huir.
Por eso hoy te dejo esto, no como consejo, sino como espejo:

  • ¿Hace cuánto no te dices la verdad sin maquillaje?
  • ¿Hace cuánto no te cuestionas en serio?
  • ¿Hace cuánto no haces algo distinto… aunque te incomode?
  • ¿Estás creciendo, o solo entendiendo mejor por qué sigues operando igual?
  • ¿Estás trabajando en tu estructura, o solo hablando de ella?

Porque la regla no perdona: entender no sirve si no te obliga a actuar.

Llega un punto en la vida de todo adulto capaz en el que ya no puedes seguir acumulando herramientas, ideas o conceptos, no porque no sirvan.
Sino porque el lugar desde donde decides ya no te alcanza.
Ese punto existe y no es romántico.

No es cómodo.
No es motivador.
Pero es real.

Es ahí donde decides si sigues sosteniendo un personaje que ya caducó… o empiezas a hacerte cargo del arquitecto que sigue.

Ese punto… es el Umbral.