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La basura no era mía (pero sí lo fue)

3 min de lectura

Cuando asumes un liderazgo, todos te observan.

Unos con ilusión, otros con cinismo y muchos más… esperando a que tropieces, que la cagues, para confirmarse que eres uno más, uno del montón.

Mi primer puesto de mando con personal operativo empezó así, de madrazo, sin ceremonia, sin bienvenida, fue por cubrir una necesidad de la organización, una urgencia, no sé si les suene, pero en mi organización así pasaban muchas cosas… incluso los ascensos.

Obviamente con estas circunstancias tienes muchos ojos encima, yo me metí al área, cargué herramienta, pregunté, escuché y conecté rápido con los buenos, los que saben, los que jalan, los que no necesitan que los vigiles para hacer su trabajo.

Pero también estaban los otros, los que te miden, los que prueban hasta dónde llegas, los que cuando empiezas a exigir, te etiquetan: Es igual que todos, no sabe.

En medio de los chingadazos entendí algo que no me enseñaron en ningún curso:
Liderar no es caer bien, es saber hasta dónde permites.
Y en todo equipo —aunque nadie lo diga en voz alta— siempre hay basura.

Años después, en un cargo de coordinación regional, me topé con otro nivel de basura.
La que no eliges, la que no puedes mover, la que viene con nombre, historia… y protección.

Trabajas, te esfuerzas y llegas, pero no decides quién está, no decides por qué está y, aun así, eres responsable de lo que pasa.

Dentro de esa estructura había gente brillante… y otros que solo ocupaban espacio.

Ahí me pegó una frase de un libro que me gustó mucho:
“Si no barres la basura cuando llegas, tarde o temprano será tuya.”

Tiene razón, el problema es cuando no te dejan barrer, cuando la organización no lo permite.

Presioné, empujé, administré.

Los números salieron, los resultados se entregaron.

Pero por dentro… no, porque hay una diferencia que cuesta aceptar: Puedes dar resultados… y aun así estar perdiendo.

Había dinámicas que no cambiaban, gente que no aportaba, estructuras que te pasan por encima, aunque seas el responsable.

Lo más incómodo pero real que puedo decir es que:

No lo logré.

Me quedé con esa sensación rara… de éxito hacia afuera y derrota por dentro, no por la chamba.

Por lo que no pude cambiar.
El estrés no se me fue a la agenda… se me fue al cuerpo, me arranqué la piel de los dedos sin darme cuenta.
No era exceso de trabajo, era exceso de contención.

Con el tiempo entendí algo más jodido: La basura no siempre se barre, a veces se administra, a veces se tolera y si se queda contigo lo suficiente… te termina definiendo.

Y sí, podría decirlo fácil:
“No me dejaron.”
“No se podía.”
“El sistema es así.”

Pero no sería completo, la verdad es más incómoda y jodida:

No supe cómo.
No todo se puede.
Y aun así… era mi responsabilidad.

Entonces me hice una pregunta que vale más que cualquier KPI:

¿Hasta dónde sigues sosteniendo algo que no está bien pero que sabes hacerlo funcionar?

Porque ahí cambia el juego.
Cuando ya no estás peleando por resultados… estás negociando contigo mismo.

Y eso es lo que nadie te dice del liderazgo:

No te rompe la carga.
Te rompe la incoherencia.

Así que si alguien algún día me pregunta por qué no barrí toda la basura, le voy a decir la verdad:

Lo intenté.
Con la escoba.
Con las manos.
Con el alma.

Pero hay cosas que no puedes cambiar… y si te quedas lo suficiente, terminan cambiándote a ti.

Y cuando eso pasa, ya no estás liderando un equipo.

Estás decidiendo si sigues traicionándote… o no.