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El empleado que nadie puede correr

4 min de lectura

Trabajo con un dueño que conoce muy bien su negocio.

No es metáfora, conoce el oficio de verdad, desde adentro, con las manos. Empezó en lo técnico, creció por desempeño, construyó algo propio desde lo que sabía hacer, cuando ha caído, se ha levantado, es un tipo serio, fuerte, lo admiro y respeto mucho y justo ese es el origen de la mayoría de los buenos negocios que conozco, no una idea de PowerPoint, sino alguien que dominó algo y apostó por sí mismo.

Y en ese camino, como pasa casi siempre, encontró a alguien clave. Un colaborador que también sabía, que también se metía hasta el fondo, que cargaba con la operación cuando el dueño no podía estar. Le fue delegando, primero poco, después más, después todo lo técnico, y hasta cierto punto funcionó.

Durante años, funcionó, hoy ese colaborador lleva más de una década en la empresa.

Conoce cada proceso, cada cliente, cada detalle técnico que el negocio ha acumulado en ese tiempo, es el único que sabe cómo se hacen ciertas cosas. Es el que aprueba los diseños, el que resuelve los problemas en campo, el que tiene la relación histórica con el cliente más importante.

Y nada de eso está escrito en ningún lado, en ningún manual, ningún proceso documentado, ninguna capacitación grabada, todo vive en la cabeza de una persona. Cuando le pregunto al dueño qué pasaría si ese colaborador se fuera mañana, la respuesta es la misma que he escuchado en otros negocios con el mismo patrón: no sé cómo lo resolvería.

Eso no es dependencia de un buen empleado. Eso es un negocio rehén de una persona.

Y aquí está la parte que quiero matizar bien, porque es fácil leer esto como una crítica al dueño o al colaborador. No lo es. Este patrón no nace de negligencia, nace de algo completamente natural en el emprendedor técnico: estás tan metido en hacer bien las cosas y hacer crecer el negocio, en conseguir el siguiente cliente, en resolver lo que falla hoy, que documentar lo que ya funciona bien nunca es urgente, siempre hay algo más importante que atender primero.

Y el colaborador que se vuelve indispensable tampoco es necesariamente un problema en sí mismo, muchas veces es simplemente alguien que llenó el vacío que el sistema dejó. Si nadie más sabe hacerlo, alguien tiene que saberlo y hacerlo. Y ese alguien, con el tiempo, entiende, consciente o no, que su valor está en ser el único que puede y de ahí caemos en temas tan complejos como las características de ese personaje.

El mundo es mundo, así crecen los negocios reales, los que vienen desde abajo, los que no se heredaron, no tienen manuales perfectos desde el día uno, crecen con personas que sostienen lo que el dueño no puede cargar solo. Eso no es un error, es la única forma en que funciona cuando eres el técnico que apostó por sí mismo sin un equipo de recursos humanos ni un departamento de procesos.

Recuerda que en el beisbol, si tres de cada diez das de hit, eres un éxito. En los negocios no es muy distinto.

Lo que sí te puedo decir es que no es un problema que hayas llegado a ese punto de esa manera, el problema es quedarte ahí más tiempo del necesario.

Porque cuando el negocio empieza a crecer — y en este caso está creciendo, con proyectos más grandes, con clientes más exigentes, con licitaciones que antes no estaban en el radar — la fragilidad que antes era manejable se vuelve un riesgo real.

Un colaborador indispensable sin sistema documentado es una apuesta que funciona mientras todo va bien, pero en cuanto algo se mueve, algo como una renuncia, un conflicto, una enfermedad, una oportunidad que requiere escalar rápido, el negocio descubre que no puede sostenerse solo.

Y ahí es donde el dueño entiende, generalmente a destiempo, que el negocio no era tan suyo como creía.

Aquí es donde el mentoring hace algo que ningún curso ni consultoría puede hacer igual, no porque el dueño no sepa las cosas, claro que las sabe. El tema es que está tan ocupado operando, tan metido en la urgencia del día, que lo importante nunca llega a la agenda. Tener a alguien que te observa desde afuera, que ve lo que tú no puedes ver porque estás adentro, que te empuja desde un punto donde el ruido operativo no llega, eso cambia el observador ya que no hay mejor manera de cambiar el observador, que cuando alguien te está observando.

Lo que le propuse a este dueño no fue un diagnóstico de lo que está mal. Fue acompañarlo a ver lo que él ya sabe pero no ha podido atender y construir, juntos, el sistema que hace que el negocio deje de depender de una sola cabeza.

Eso no se hace en un taller de un día, se hace sesión a sesión, con alguien que conoce tu negocio, que te hace las preguntas que nadie más te hace, y que no se va cuando termina la consultoría.

El problema no es lo que haces. Es desde dónde lo haces.