Carl Rogers y el arte de no juzgar
A Carl Rogers lo encontré estudiando desarrollo humano. No era una lectura que yo hubiera buscado, llegó por el programa, por el camino, como llegan las cosas que después resultan importantes y cuando empecé a leerlo, algo encajó de una manera que no esperaba.
Carl Rogers fue uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX, pero lo que me importa de él no es su lugar en la historia de la psicología, es lo que descubrió sobre los seres humanos y lo que pasa cuando alguien te escucha de verdad.
Su apuesta era radical para la época. Mientras el psicoanálisis decía que el terapeuta era el experto que interpretaba al paciente, y el conductismo decía que el humano era producto de sus refuerzos externos, Rogers dijo algo distinto: confía en la sabiduría del cliente. El problema no es que la persona no sepa qué necesita, el problema es que el entorno le ha enseñado a desconfiar de sí misma.
Eso me pegó fuerte, porque lo había visto, en el corporativo, en conversaciones con personas que operaban desde el miedo, en gente brillante que no se creía lo que era, no les faltaba capacidad les faltaba un espacio donde pudieran ser ellos sin pagar un costo por eso.
Rogers construyó su teoría sobre tres condiciones. Las llamó necesarias y suficientes para el cambio, no técnicas, sino actitudes que cualquier persona en una relación de ayuda debe encarnar.
La primera es la aceptación positiva incondicional. Valorar al otro sin condiciones, separando el ser del hacer. No es aprobar todo lo que hace, es reconocer su valor humano independientemente de lo que haga. Rogers lo contrastaba con lo que llamó consideración positiva condicional, el amor o respeto que solo llega si cumples ciertos requisitos. Y decía que esa condición es la raíz de muchas de las heridas más profundas que cargamos: aprendemos a rechazar partes de nosotros mismos para ser aceptados.
La segunda es la empatía. Sentir el mundo interno del otro como si fuera propio, sin perder el como si. No fusionarte con su experiencia, entrar en ella y poder salir. Rogers distinguía esto de la simpatía, que es sentir por alguien, y de la identificación total, que es perderse en el otro. La empatía real sostiene sin hundirse.
La tercera es la congruencia. Ser transparente entre lo que sientes, piensas y comunicas. Rogers la consideraba la más difícil de las tres, porque exige que quien acompaña esté relativamente integrado. No puedes ofrecer autenticidad si tú mismo vives en incongruencia.
Pero lo que más me marcó no fueron las tres condiciones. Fue lo que Rogers llamó la tendencia actualizante.
La idea es esta: todo organismo vivo tiene una fuerza innata hacia el crecimiento, hacia el desarrollo de su potencial. No es motivación que se instala, es algo que ya está ahí. La imagen que usaba era la de una papa en un sótano oscuro: sin tierra, sin agua, sin luz, la papa igual echa brotes. Hacia donde puede, con lo que tiene. Porque la fuerza de crecer es más fuerte que las condiciones adversas.
Lo que Rogers descubrió es que cuando las personas crecen bajo condiciones de valía condicional, te quiero si cumples, te acepto si produces, eres válido si encajas, esa fuerza queda bloqueada. No desaparece, solo queda bloqueada.
Y la terapia, o cualquier relación con las tres condiciones, no instala motivación nueva, retira los obstáculos para que la fuerza que ya estaba ahí vuelva a operar.
Eso cambió mi forma de ver muchas cosas y hoy, más de 10 años después es una de las bases de todo lo que escribo y que uso como marco de referencia.
Porque si la tendencia actualizante existe en todos, si la fuerza de crecer ya está ahí, entonces mi trabajo no es darle a alguien lo que le falta, es ayudar a retirar lo que lo bloquea, es crear las condiciones donde esa persona pueda ser auténticamente ella, sin miedo al juicio, sin costo por mostrarse, sin tener que rechazar partes de sí misma para ser aceptada.
Y lo que más me ha sacudido o ayudado o conflictuado o todas las anteriores y todas juntas, es que eso hay que empezarlo con uno mismo.
La aceptación positiva incondicional aplicada a ti. No aprobar todo lo que haces. No justificar los patrones. Reconocer tu valor humano, aunque estés viendo tu peor versión.
Crear contigo mismo el espacio seguro donde puedas mirar sin huir.
Eso es lo que Rogers me enseñó. Y eso es lo que sigo intentando aplicar, en mi práctica, en mi trabajo con otros, y primero que todo, conmigo mismo.
Que no es poco.