El automático
Quien me ha leído sabe que creo que el automático es el enemigo.
No metafóricamente, en serio. El piloto que opera tu vida mientras tú crees que estás al volante, el que decide cómo reaccionas, qué toleras, qué repites, sin pedirte permiso, sin avisarte, sin que lo veas venir.
Y suena muy chingón combatirlo, ¿verdad? Solo se trata de estar consciente, de estar pendiente de lo que dices y piensas. Fácil.
Qué mamada.
Cuando empiezas a trabajar en esto de verdad, no en el discurso, en la práctica, lo primero que descubres es que notarlo es ya un trabajo enorme. Empiezas a tener conversaciones contigo mismo que no tenías, a preguntarte por qué haces lo que haces, en serio, no de manera retórica, a detectar las trampas de tu cabeza, como momentos donde crees que estás razonando y en realidad estás justificando.
Porque el cerebro no quiere que te veas, quiere que sobrevivas y para sobrevivir, racionaliza todo, intelectualiza, te da una explicación elegante de por qué hiciste lo que hiciste, por qué reaccionaste como reaccionaste, por qué ese patrón que llevas repitiendo veinte años en realidad tiene mucho sentido.
Y qué cabrón y qué paradójico, porque la razón y el intelecto son lo que nos hace la especie dominante de este planeta y son exactamente lo que el automático usa para protegerse.
Si de por sí eso ya es jodido, después viene el espejo y el espejo es otra cosa.
Es verte a los ojos y sostenerte la mirada, pero de verdad, es un acto de valentía que poca gente está dispuesta a hacer. Porque ahí es donde aparece la miseria, las heridas, los patrones que llevan años instalados y que cuando les rascas, incomodan bien cabrón.
Y yo creo que aquí está el momento más peligroso de todo el proceso.
Porque cuando ves tu miseria hay dos caminos. Uno es abrazarla desde la compasión, reconocerla, entender de dónde viene, aceptar que está ahí sin juzgarla y el otro es caer en el “pobrecito” y si caes ahí, se chingó todo. La complacencia disfrazada de autoconocimiento es una de las trampas más finas que existe.
Aquí fue donde me aferré a Rogers.
Carl Rogers hablaba de la aceptación positiva incondicional, valorar a una persona tal como es, sin condiciones, separando el ser del hacer. Lo desarrolló para la relación terapéutica, para que el paciente pudiera ser auténticamente él sin miedo al rechazo, pero cuando me tocó estudiarlo, lo primero que pensé fue: esto hay que aplicárselo a uno mismo primero.
No aprobar todo lo que haces, no justificar los patrones, sino reconocer tu valor humano aunque estés viendo tu peor versión. Crear contigo mismo el espacio seguro donde puedas mirar sin huir y sin hundirte.
Eso es lo que separa la compasión de la complacencia, la compasión te deja ver y seguir. La complacencia te deja ver y quedarte.
Y luego viene lo más jodido de todo.
Cuando ya sabes, cuando ya llevas tiempo trabajando en esto, cuando puedes ver la evolución, cuando hay evidencia real de que algo cambió.
Y el patrón vuelve.
Yo lo viví en la última etapa del corporativo. Tuve un conflicto muy fuerte con mi jefe directo, del tipo que te hace ver tu vida diferente. Me vi fuera de la organización y en ese espacio de riesgo real hice un trabajo interno que no había hecho antes, reflexioné en serio, me pregunté cosas que normalmente no me preguntaba, tenía claridad, tenía dirección, tenía una versión de mí que había costado trabajo construir.
Y entonces, por circunstancias ajenas a los dos, el que se fue, fue él.
El riesgo desapareció y con el riesgo, desapareció todo lo demás.
Volví a ser el mismo animal salvaje.
No fue una decisión, fue silencioso, gradual. El automático no regresa escandalosamente, de repente estás operando exactamente igual que antes, con los mismos patrones, las mismas reacciones, las mismas trampas.
Ese momento es donde la mayoría abandona, porque lo leen como evidencia de que no han avanzado. No es eso, es el cerebro haciendo lo que el cerebro hace: buscar la ruta conocida, el automático no desaparece cuando lo trabajas él aprende a esperar.
Lo que debe cambiar es qué haces cuando detectas que aparece.
Yo aprendí cuatro pasos y los aplico a todo porque los patrones no distinguen territorio.
Verlo, observarlo claramente y sin juicios.
Entenderlo, saber de qué programación vieja viene.
Disociarlo, reconocer que eso viene de otro contexto, de otra versión de ti, y que ya no te pertenece.
Sustituirlo en consciencia por lo que tú eliges ser.
No es rápido, no es limpio, pero funciona, de eso va este texto.
No de volverse perfecto, no de eliminar el automático para siempre. De no desesperarse cuando vuelve, de entender que tu cerebro solo quiere que sobrevivas, no que seas mejor persona, no que seas más libre, no que construyas algo que valga la pena.
Eso último solo lo eliges tú.
Y solo lo puedes elegir si estás despierto.