El hereje con mochila
Estuve horas viendo videos de Camilo José Cela.
No lo había visto ni escuchado hablar nunca, sabía quién era, Premio Nobel, obra monumental, escritor español, pero nunca lo había escuchado en vivo. Y en cuanto lo escuché, algo encajó de golpe, no sé explicarlo, pero es algo que siempre cargo.
Todo indica que Cela era un cabrón, en el buen sentido. Decía lo que pensaba, cuando quería, como quería, sin domesticarse, sin pedir permiso, sin ajustar el volumen o regular la voz para quedar bien con la concurrencia.
Y me di cuenta de que eso mismo es lo que me fascina de Sabina y de Dalí.
Los tres españoles, los tres con obra que los precede y los justifica, y los tres con una personalidad que no cabe en ningún molde institucional.
Pero pensándolo a fondo y observándolos detenidamente, no los une solo el carácter, los une algo más específico.
Los tres construyeron suficiente obra para ganarse el derecho de no domesticar su personalidad.
Y aquí quiero señalar cómo lo veo yo, porque puede crearse confusión alrededor de esto.
Las personas como ellos, pudieran parecer “irreverentes sin oficio”, pero esa es una especie completamente distinta. El que dice las cosas “como son”, el que “no se calla”, el que rompe las reglas, pero no ha construido nada. Eso no es irreverencia, es falta de modales con pretensiones de carácter.
Cela podía decir lo que decía después de haber escrito lo que escribió, después de La familia de Pascual Duarte, después de La colmena, después de décadas de trabajo real.
Sabina puede aparecer despeinado, fumar, hablar de derrotas y noches y todo lo que le da la gana porque atrás hay más de treinta años de canciones que la gente sabe de memoria.
Dalí podía hacer sus performances delirantes, sus declaraciones absurdas, sus apariciones de circo, porque antes había demostrado que sabía pintar como pocos en su generación.
El permiso no se declara, se construye. Y una vez construido, ya no necesitas pedirlo.
A eso yo le llamo la mochila.
No es solo lo material o lo que sabes hacer. Es lo que traes de verdad, el oficio acumulado, los hábitos, la reputación, la seriedad. Lo que llevas encima, aunque no lo declares. Lo que está ahí antes de que abras la boca.
Aprendí el concepto de mis amigos empresarios regios. Ellos no llegaban solo con ideas, llegaban con la mochila llena y esa diferencia se nota en los primeros cinco minutos de cualquier conversación.
Los tres la tenían. Cela, Sabina, Dalí. Mochilas distintas, del mismo peso.
Por eso hoy me queda claro que lo que me fascina no es la irreverencia, es la secuencia, es el sistema.
Primero el oficio, primero la obra, primero entender el sistema desde adentro, dominar las reglas, acumular lo suficiente. Y después, solo después, decidir qué domesticar y qué no.
Eso es lo que los separa del “rebelde sin causa”. El rebelde rechaza el sistema porque no pudo con él. El hereje con mochila lo conoce tan bien que puede elegir dónde romperlo.
Esa distinción es oro.
No sé si Cela, Sabina o Dalí se hubieran reconocido en una misma categoría, seguramente no, tienen más diferencias que similitudes si los miras de cerca. Pero vistos desde este ángulo, desde lo que los une por debajo, el patrón es claro.
A eso se me antoja llamarle el hereje con mochila.
El que hizo la tarea. El que acumuló oficio. El que entiende las reglas. Y que precisamente por eso puede decidir cuáles romper y cuáles no vale la pena tocar.