El esqueleto y la improvisación
Casi nunca sigo recetas.
Tengo un esqueleto, una base, sé qué va con qué, tiempos, proporciones base (gracias abuela, mamá y papá) y de ahí improviso, cada vez que cocino el resultado es una sorpresa, a veces bueno, a veces muy bueno, casi nunca malo. Pero siempre distinto.
Hoy fue barbacoa de picaña, salsa verde, salsa verde con aguacate y lo que fuera saliendo (consomé y caldo de res con verduras para mañana).
Compré desde ayer, planeé el orden, elegí dónde comprar cada cosa, eso es el ritual, no empieza en la estufa, empieza en la cabeza, lo que pasa después ya no lo controlo del todo y eso es exactamente lo que me gusta.
Cocinar me relaja porque me obliga a estar en lo que estoy, no hay manera de cocinar bien pensando en otra cosa y la materia prima no perdona la distracción, si la cagas, la cagas.
Y pensándolo aquí y ahora, cocinar también me enseña algo que aplico en los negocios… el esqueleto importa más que la receta, si tienes criterio base, puedes improvisar, si no lo tienes, seguir la receta al pie de la letra no siempre te salva, porque el día que algo falle, no sabrás qué hacer.
Los negocios funcionan igual, el que opera solo con manual se paraliza cuando el manual no alcanza, el que tiene criterio o marcos de referencia, improvisa desde ahí y casi siempre saca algo.
Las malas hay que hacerlas buenas, en la cocina y en todo lo demás.
Algún día, cuando baje el ritmo, no cuando me retire porque eso no va a pasar, quiero tener y cocinar en un restaurante de slow food. No para hacer negocio grande, para hacer bien una cosa, con tiempo, con ingredientes que valgan la pena, para poca gente que lo sepa apreciar.
Eso también es un tipo de orden interno.
Por hoy, un Havana Club 7 mientras la barbacha reposa.
Las malas hay que hacerlas buenas.