Parte 1 de 2 · Ontología en Acción
El acto era generoso. El desde dónde era hambre
Hay una cosa que hice durante años y que se veía bien desde afuera.
Ayudé a recuperar una iglesia que estaba muy deteriorada, bequé niños y ayudé a familiares y amigos de manera importante en momentos difíciles. Lo hice con recursos reales, con tiempo real, con esfuerzo real.
Y lo hice desde un lugar que tardé años en ver.
Lo hice para ser admirado, para ser respetado, para que la gente supiera que yo era el que resolvía, el que podía, el que estaba cuando nadie más estaba.
No lo sabía entonces, o lo sabía y no lo quería ver, que es peor.
Hay un concepto en el corazón de mi sistema que se llama el observador.
No es término de autoayuda, viene de la Ontología del Lenguaje, la idea, desarrollada por filósofos y pensadores como Rafael Echeverría, de que no vemos la realidad como es. La vemos como somos, entonces el observador que eres determina qué percibes, qué interpretas, qué decides y qué produces.
Dos personas pueden hacer exactamente lo mismo y vivir experiencias completamente distintas, no porque el acto sea diferente, porque el observador desde el que lo hacen es diferente.
Yo ayudaba, eso era real, pero el observador desde el que ayudaba necesitaba ser visto, y ese observador producía una experiencia específica: actos nobles que se sentían vacíos, gratitud que no llenaba, reconocimiento que duraba dos días y después pedía más.
El acto era generoso.
El desde dónde era hambre.
Lo vi por primera vez en el diplomado de Desarrollo Humano con jesuitas, específicamente en una clase donde participo del Dr. Carlos Escandón Domínguez, profesor emérito, formado en la tradición de Carl Rogers y Juan Lafarga, uno de los hombres más honestos intelectualmente que he conocido.
Ahí, en medio de una discusión sobre el ego en los actos nobles, algo se abrió.
No fue iluminación. Fue incomodidad. La incomodidad de ver algo que ya sabías, pero no habías querido nombrar.
Cuando terminó la clase, Escandón me dijo algo corto: “Da gusto ver que alguien entiende de verdad.”
No me dio instrucciones. No me dijo qué hacer con lo que había visto. Solo confirmó que lo que había visto era real.
Y a veces eso es suficiente para que algo cambie.
Pero aun así, nada cambió y eso porque no supe integrar la pieza y armar el rompecabezas
Ver el ego no fue suficiente.
Durante años supe que ayudaba para ser visto, lo había nombrado, lo había analizado, lo había discutido en clase con un jesuita. Y seguía operando igual, porque saber no hace diferencia, entender no transforma. Lo que transforma es cambiar el observador y cambiar el observador no es intelectual, es somático, es lento, es incómodo, y requiere crisis.
La crisis llegó cuando salí del corporativo, cuando los resultados desaparecieron, cuando el sistema que me validaba dejó de existir. Ahí, sin el escudo del puesto y sin el aplauso de los logros, me cayó el veinte de verdad.
No en una clase, en la vida.
Y ahí entendí la diferencia entre saber y vivir, entre analizar el observador y cambiarlo.
Entre entender el desde dónde y habitarlo.
Eso es Ontología en Acción. No el concepto, la operación.
Hoy ayudo diferente, no porque haya dejado de ayudar, sigo haciéndolo. Sino porque el observador desde el que lo hago cambió.
Ya no busco admiración, busco trascendencia, busco paz, busco que lo que sé y lo que viví le sirva a alguien más, no para que me lo reconozcan, sino porque compartirlo es lo que le da sentido a haberlo aprendido.
¿Llegué ahí de golpe? No. ¿Lo sostengo perfectamente todos los días? Tampoco. Es práctica, es elección renovada, es trabajo que no termina.
Pero hay una cita que leí hace tiempo y que cuando la encontré sentí que describía exactamente hacia dónde quiero ir. Es de Borges y va a ser mi próximo tatuaje.
“Ya no considero inalcanzable la felicidad como me sucedía hace tiempo. Ahora sé que puede ocurrir en cualquier momento, pero nunca hay que buscarla. En cuanto al fracaso y la fama, me parecen irrelevantes y no me preocupan. Lo que quiero ahora es la paz, el placer del pensamiento y de la amistad. Y aunque parezca demasiado ambicioso, la sensación de amar y ser amado.”
Eso no es punto de llegada, es una brújula y la brújula apunta hacia un observador que todavía estoy construyendo.