El túnel no se elige. Se hereda
En la reunión mensual del holding de hoy, mi hermano Raúl —que dirige la unidad de agronegocio donde cultivamos piña— soltó una frase casi de pasada. Estábamos hablando de la cosecha, de cómo viene la operación, de lo que estamos ejecutando bien y de lo que falta. Y en medio de eso me dijo: “Oye, vi un video de Jorge Castro con un concepto que se llama visión de túnel. Me gustó. Y creo que nuestra gente vive en ese túnel.”
Me quedé con la frase. Terminamos la reunión, le dije que quería platicar y profundizamos.
Encontramos que el concepto viene de un libro llamado Escasez, de Sendhil Mullainathan, economista, y Eldar Shafir, psicólogo. Dos académicos serios, una idea puntual y específica.
La idea es esta: cuando alguien opera desde escasez —de tiempo, de dinero, de oportunidades, de lo que sea— su mente se mete en un túnel. Adentro del túnel solo se ve lo inmediato: lo que falta, lo que urge, lo que duele hoy. Lo que está afuera del túnel —el largo plazo, las consecuencias, las alternativas mejores— desaparece de la vista. No es que la persona sea tonta. Es que el túnel es estrecho a propósito. Mullainathan lo dice con una frase que se me quedó: la escasez te lleva a tomar decisiones que en el corto plazo ayudan, pero en el largo plazo solo empeoran las cosas.
Y aquí viene lo incómodo: el túnel no se elige. Se hereda, se aprende, se vive sin saber.
Yo viví dentro de mi propio túnel durante 22 años.
Mi túnel se llamaba “el empleo es la única vía”. Entré al corporativo convencido de que la seguridad y la riqueza vivían ahí, en el mejor puesto posible, en el siguiente ascenso, en la próxima prestación. Era un túnel cómodo —pagaba bien, daba estatus, tenía estructura— pero era túnel. Yo no veía lo que estaba afuera. No por tonto. Por programado.
Después del año doce, algo se empezó a abrir. Vi de cerca a gente que emprendía. Gente que asumía riesgo, que aguantaba meses sin entrada fija, que dormía mal varias noches por mes. Y vi también cómo a varios de ellos les iba mejor. No a todos. A varios. Y mejor no solo en dinero —mejor en libertad, en decisión, en propiedad sobre lo que construían.
Ahí empecé a desarrollar proyectos propios al margen del corporativo. Algunos funcionaron. Otros fracasaron. Pero todos —absolutamente todos— estuvieron atendidos a medias, en los huecos del calendario, con energía residual después del empleo principal. Yo contraté de facto a “alguien de menor nivel” para atender lo mío: ese alguien era yo mismo cansado, yo mismo de noche, yo mismo robándole tiempo al fin de semana. Mientras tanto le daba lo mejor de mí —mi mano de obra de alto nivel— a una empresa que no era mía.
Eso no significa que el corporativo no haya servido. Sirvió, y mucho: me dio estructura, oficio, criterio, red, capital. Pero los proyectos propios no podían crecer mientras yo estuviera repartido. Tenían resultados, pero no eran los mejores que podían ser. Estaban limitados por la otra mitad de mi vida que no podía soltar.
Tardé otros diez años en cruzar el umbral completo. La cosecha de esos proyectos se multiplicó cuando salí del corporativo y pude darles todo. No antes.
Hoy veo el mismo fenómeno desde el otro lado, y me confronta.
En agronegocios trabajamos con una cuadrilla de jornaleros del campo. Son la mejor mano de obra de la zona. Saben qué hacer y saben cómo hacerlo. No son empleados; eligen no serlo. Cobran por día, se mueven entre proyectos, operan como mercenarios.
Y aquí viene la parte que me señaló Raúl y que cuadra a la perfección con el concepto del túnel. Ellos también tienen proyectos propios. Tierra propia, sus propias parcelas de cultivo. Pero cuando llega el momento de atender lo suyo —de hacer la limpieza fina del cultivo, de cortar la fruta en etapa de crecimiento al tiempo que toca, de cuidar el detalle que diferencia una cosecha rentable de una mediocre— no lo hacen ellos. Contratan a alguien de menor nivel para que lo haga, y se siguen vendiendo afuera por jornal.
¿Por qué un trabajador excelente le deja su propio proyecto a uno mediocre, en lugar de atenderlo él mismo?
Porque adentro del túnel, perder el jornal del día se siente como una pérdida real, presente, palpable. Y atender el proyecto propio se siente como una ganancia teórica, futura, incierta. El cálculo es instantáneo y es preciso: hoy es seguro, mañana es teoría.
El resultado lo veo desde afuera: sus propias cosechas salen por debajo de lo que ellos mismos podrían producir. Cada año dejan dinero sobre la mesa. Mucho dinero. Y cada año vuelven a tomar la misma decisión.
Y aquí está el doble fondo que me cuesta digerir:
Eso es exactamente lo que yo hice durante diez años, después del año doce. Le daba lo mejor de mí a una empresa que no era mía y atendía mis proyectos propios con sobras de energía y tiempo.
Cada uno en su escala. En su sector. En su nivel económico. Pero el mecanismo es idéntico.
Lo que aprendí de mi propio cruce, y que confirmo viéndolos a ellos, es esto:
El túnel no se discute con argumentos. Adentro del túnel los argumentos pierden contra el dolor inmediato. Yo escuché durante años razones para apostarle a lo propio y todas tenían sentido y ninguna me movía. Lo que me movió no fue un argumento. Fue ver. Ver a alguien que ya estaba afuera del túnel y que estaba mejor que yo. Eso es lo que abre la grieta.
Pero ver no basta. Después de ver hay que decidir. Y decidir, dentro de un termostato económico programado para el túnel, duele. Porque significa elegir incomodidad presente contra posible comodidad futura. Es apostar, sin garantía, contra lo que tu sistema considera normal.
Esa decisión es lo que mi marco llama cruzar el umbral.
Y aquí está la pieza que me confronta de verdad: yo crucé el mío, pero no puedo prestarle a nadie mi termostato.
Puedo pagar bien. Puedo dar buenas condiciones. Puedo capacitar, dar oportunidad, abrir conversaciones. Pero el patrón viejo es del que decide, no del que paga. Yo no puedo sacar a la cuadrilla del túnel. No es algo que se pueda hacer desde afuera —cruzar el umbral propio es decisión personal e intransferible.
Lo único que puedo hacer es lo que estoy haciendo ahora mismo: nombrarlo. Decir que hay un túnel, mostrar cómo se ve desde adentro y desde afuera, contar cómo fue salir del mío. Y dejar que cada quien mire si está adentro de uno —el suyo, en su escala, con su forma particular.
Porque al final el túnel del jornalero que no atiende su parcela y el túnel del ejecutivo que no atiende su proyecto propio son el mismo túnel. Solo cambia el tamaño del cheque que se cobra por quedarse adentro.
No es lo que haces. Es desde dónde lo haces.