Saltar al contenido

El acompañamiento como infraestructura

Sobre por qué llevo más de 9 años con coach, y por qué eso no es lujo, es estructura.

8 min de lectura

Hay algo que llevo haciendo toda mi vida adulta y que solo recientemente entendí como patrón:

Siempre he buscado acompañamiento.

No por debilidad. Por diseño.

Primero fueron maestros que admiré en preparatoria. Después terapia, en los años donde los temas propios de adolescencia y juventud me pesaban. Luego mentores dentro de la organización donde trabajaba —gente con más recorrido que generosamente me daba guía—. Por la misma época estudié formalmente desarrollo humano con los jesuitas, donde conocí la tradición rogeriana de cerca y aprendí a mirar mi propia operación sin escudos. Y desde hace más de 9 años, coaching.

Cinco formas distintas. Mismo principio: no caminar solo cuando puedo caminar acompañado por alguien que ya pasó por ahí.

Hoy quiero hablar de la quinta. Porque es la que más me ha transformado, y la que peor entendida está en el mercado.

Llegué al coaching por una pregunta operativa, no por una crisis emocional.

Tenía mi primera gran oportunidad de dirigir una unidad de negocios completa. Más de 200 personas reportando. Y en las primeras semanas, haciendo entrevistas individuales con cada responsable de área y visitando sus espacios de trabajo y áreas, porque ahí hay mucha información de esa que no se dice, se ve, y diagnostiqué algo que no esperaba: una desintegración brutal en el trabajo de equipo.

No era falta de talento. Era falta de tejido. Cada quien operaba en su silo, defendiendo su territorio, sin lenguaje común con los demás.

Y aquí entró la primera pieza del acompañamiento: una maestra y consultora a quien admiro mucho —no la nombro por respeto, pero ella sabe quién es— diseñó conmigo una experiencia vivencial de fin de semana, fuera de las oficinas, para trabajar tejido de equipo. Fiel a algo que repito mucho —yo aprendo haciendo, no leyendo—, dividimos a las tres líneas de mando en dos grupos, dos fines de semana distintos, y los pusimos en escenarios donde tenían que confiar unos en otros para resolver.

Subir miradores con riesgo. Desactivar bombas simuladas. Carreras contra obstáculos. Demanda física, exigencia coordinada.

Funcionó. La experiencia atrapó al grupo, la reflexión fue real, los equipos salieron tocados de una forma que tres reuniones no habrían logrado.

Pero apenas terminó, me cayó la pregunta que me ha definido buena parte de la vida:

“OK, ya lo hice. Ahora, ¿cómo lo sostengo?”

Porque el cambio en el momento es lo fácil. Sostener el cambio cuando vuelve la inercia es lo que separa al adulto del adolescente operativo.

Y esa pregunta —cómo se sostiene lo que en el momento funciona— me llevó a buscar lo siguiente. Le pregunté a la consultora si conocía a alguien para coaching. Me dijo: “Tengo a la persona indicada para esta siguiente etapa.”

Así conocí a Carmen Romero.

Carmen es española radicada en Estados Unidos. Entre muchas especialidades y estudios están Inteligencia Positiva y Gallup CliftonStrengths. Esas dos credenciales, para quien no las conoce, son marcos diagnósticos serios, no autoayuda. Carmen no opera desde el “tú puedes” motivacional. Opera desde el “vamos a entender exactamente cómo estás cableado, y desde ahí te acompaño a que decidas qué cambia y qué no”.

Eso, en un mercado de coaching saturado de gurús sin formación, la pone en un lugar aparte.

Más de 9 años después, sigo con ella. Y voy a contar tres cosas concretas que me ha dado, no en abstracto, en operación real.

Una. Reconoció lo disruptivo que estaba haciendo, y al mismo tiempo me hizo ver la responsabilidad que implicaba.

En esa unidad de negocios que dirigía, cuidar el aspecto humano de las personas era hasta mal visto. Era una organización donde el lenguaje predominante era operativo y técnico. Hablar de inteligencia emocional, de equipos, de cuidar al colaborador, sonaba a debilidad.

Carmen fue de las primeras voces que me dijo: lo que estás haciendo es valioso y es disruptivo. Pero exactamente por eso, te toca cargar la responsabilidad de sostenerlo. No con discurso. Con resultados. Porque si haces algo distinto y no funciona, no solo te debilitas tú —cierras la puerta para que otros hagan lo mismo después—.

Eso me ordenó. Me dio permiso de cuidar lo humano, y al mismo tiempo me exigió que ese cuidado generara resultados visibles.

También me enseñó una herramienta concreta que sigo usando: el Parking Lot. Cuando aparece una idea, una preocupación, un tema que no es del momento, pero tampoco quieres perder, no lo procesas ahí —lo estacionas—. Lo anotas, sabes que vas a volver, y sigues operando lo que toca. Esa herramienta sencilla me bajó la dispersión y me permitió enfocarme en lo que realmente estaba sobre la mesa. Eso es oro para alguien como yo.

Dos cosas en una: validación ontológica + herramienta operativa.

Dos. Me confronta sin nombrar.

Esto es lo más fino del oficio de coach, y es heredero directo de la tradición rogeriana. Yo ya conocía esa tradición desde antes —la había estudiado con los jesuitas formalmente, y ahí ya había aprendido a mirar mi propia operación sin escudos—. Pero una cosa es conocer el método en clase y otra muy distinta es operarlo durante años con alguien que lo aplica contigo en problemas reales de tu vida.

Carmen casi nunca me dice “te estás equivocando aquí” o “esto está mal”. Su método es otro: me hace preguntas. Me devuelve observaciones. Reformula lo que digo de una manera que me obliga a verlo desde otro ángulo. Y entonces yo, solo, llego al lugar donde la estaba cagando.

Eso es muy distinto al coach que te da instrucciones. Un coach no debe dar instrucciones nunca.

Mi coach me hace preguntas que me llevan a producir mis propias instrucciones. Y por eso lo aprendido se queda, porque no es de ella —es mío—.

Es coaching del que cuesta más, porque te exige hacer el trabajo. Pero también es coaching con aprendizaje significativo, porque lo que sale de ahí ya es tuyo de antemano.

Tres. Me hizo pasar de entender como concepto a vivirlo.

Esta es la más importante, y la voy a decir con todas sus letras porque me costó años entenderla:

Yo entendí, durante mucho tiempo como concepto intelectual, que cada persona es dueña de su vida y elige qué hacer con ella.

Lo había leído. Lo podía explicar. Hasta lo podía citar bien.

Pero entender no es vivir. Y vivirlo —asumirlo, internalizarlo, operar diariamente desde ahí— eso es otra cosa completamente distinta.

Durante esos años, pasé del concepto al hueso. Pasé de saber que era dueño de mi vida, a operar todos los días como dueño. Eso me cambió cómo respondo cuando algo se complica, cómo decido cuando hay opciones, cómo cargo lo que cargo sin victimismo. No porque me lo haya impuesto, sino porque finalmente lo internalicé como verdad operativa, no como teoría bonita.

Y esa transición —de entender a vivir— es exactamente lo que en mi sistema llamo Ontología en Acción. El coaching, para mí, ha sido infraestructura para esa transición. La frase eje de mi corpus —“no es lo que haces, es desde dónde lo haces”— la pude formular en parte porque el coaching me llevó a vivir desde otro lugar, no solo a entenderlo desde ahí.

Hay además otra capa: fue ella quien me hizo el assessment de Gallup, fue quien me ayudó a entender mis cinco grandes fortalezas, y a entender también dónde están sus puntos ciegos. De eso ya escribí en otro post —el del ego escondido en la fortaleza— y no voy a desarrollarlo aquí. Pero vale decir que esa lectura también nació trabajando con ella.

Mi coach también me acompañó en una transición más reciente y más difícil que la organizacional: salir del corporativo después de 22 años.

Esa transición no se hace con ganas. Se hace con orden. Y es invaluable que alguien esté ahí, ayudándote a ordenar lo que es prácticamente imposible ordenar solo: una identidad profesional construida durante dos décadas que de pronto tiene que reconfigurarse.

Sin acompañamiento, esa transición habría sido caos. Con acompañamiento, fue caos ordenado, que es la única forma en que se sostiene un cambio así sin que te rompa.

Y aquí está lo que quiero decirte, si llegaste hasta acá.

El coaching, bien entendido, no es lujo. No es accesorio para la gente que tiene dinero sobrado. No es etapa de moda. No es algo que solo se busca cuando estás roto.

Es infraestructura. Es la diferencia entre operar tu vida con apoyo profesional y operar tu vida solo. Es lo que distingue a la gente que sostiene cambio de la gente que cambia y vuelve a lo mismo a los seis meses.

Yo lo digo siempre, y lo voy a decir aquí también:

Nadie llega a ningún lugar solo.

Lo digo de mí primero. Yo no llegué a donde estoy solo. Llegué con maestros, con terapia, con mentores, con la formación en desarrollo humano, con más de 9 años de coaching. Cada una de esas formas de acompañamiento aportó algo que yo solo no habría podido construir. Y sigo buscando.

Por eso la pregunta que quiero dejarte no es retórica:

¿Estás invirtiendo en tu propio desarrollo, o estás esperando que la vida sola te enseñe lo que no estás dispuesto a buscar tú?

Porque la vida sí enseña. Eventualmente. Pero a la mala, sin garantía de timing, y casi siempre en la peor versión posible de la lección.

Buscar acompañamiento profesional —un coach serio, un terapeuta calificado, un mentor con recorrido, una formación seria— no es debilidad. Es de las decisiones más adultas que puedes tomar.

Si tienes los recursos y todavía no lo has hecho, considéralo seriamente. Y si no los tienes, considera también que el coaching no es la única forma de buscar acompañamiento serio —hay terapeutas, mentores, formaciones, grupos de estudio—. Pero busca.

Porque insisto: nadie llega a ningún lugar solo. Y creerlo es uno de los autoengaños más caros que el adulto se hace a sí mismo.