Abrazar la miseria sin enamorarse de ella
Sobre lo que aprendí en el diplomado con los jesuitas, una frase que llegó por linaje, y la línea fina entre aceptarse y justificarse
Hace algunos años entré al diplomado de desarrollo humano con los jesuitas. No llegué solo. Varias señales me fueron empujando hacia ahí: una conversación, una recomendación, mi propia incomodidad creciente con la vida que tenía. Entré sin saber bien qué buscaba.
Yo llegué siendo ingeniero corporativo. Mi cabeza venía cableada para resolver problemas, optimizar procesos, tomar decisiones con datos. Y el diplomado era exactamente lo contrario: gente diversa, profesionales de distintas formaciones, búsquedas distintas, gente de muchos recursos económicos al lado de gente que venía de procesos personales muy duros. Lo que tenían en común era que todos estaban ahí por algo que no se resuelve con Excel.
Yo, en cambio, llegué con escudos puestos. Y ahí me los empezaron a sacar.
Voy a contar dos cosas concretas de ese diplomado, porque ambas siguen operando en mí hoy.
La primera fue una frase de Carl Rogers, que me llegó por una cadena específica.
El padre Juan Lafarga, jesuita, fue discípulo y amigo personal de Carl Rogers. Fue Lafarga quien trajo el enfoque rogeriano a México y lo instaló en las universidades jesuitas. De ahí salieron generaciones enteras de psicólogos y profesores formados en esa tradición. Uno de esos profesores, ya bien marcado por esa línea, fue quien la dejó caer en clase un día.
La idea, en la formulación original de Rogers, es esta: el ser humano está haciendo lo mejor que puede con las herramientas y los recursos que tiene a su disposición.
Léelo dos veces, porque no es lo que parece.
Eso no es disculpa. No es excusa. No es “todos somos buenos en el fondo”. Es algo mucho más operativo y mucho más jodido de aceptar: el yo de hace diez años no podía haber sabido lo que el yo de hoy ya ve. Tenía las herramientas que tenía. Con esas operó. Y con esas tomó las decisiones que tomó —algunas correctas, otras pendejas, otras catastróficas—.
Lo que me hizo ese diplomado, con esa frase, fue dejar de pelearme contra una vara que no me correspondía. Dejar de juzgar al de antes con la información de ahora. Aceptar que mis cagadas no fueron defectos morales: fueron lo que pude hacer con lo que tenía en el momento en que me sucedieron las cosas.
Esa aceptación me liberó algo que llevaba años cargando.
Pero también abrió una trampa nueva. Y ahí entra la segunda historia.
La segunda fue un debate sobre el ego, y una respuesta que no esperaba.
Una clase, tocó el tema del ego en los actos nobles. Varios compañeros sostenían que ellos daban sin interés alguno, que su altruismo era puro, que cuando ayudaban no había nada de ego en juego. Era discusión sentida, no académica.
Yo defendí lo contrario. Sostuve que es profundamente humano que hasta los actos más nobles carguen ego. Que no estamos limpios. Que nadie lo está. Y que insistir en que estamos limpios es la primera forma en que el ego se esconde —disfrazado de pureza moral.
Lo dije con todas sus letras. Y mientras lo decía, sentía la incomodidad del salón.
Cuando terminé, el padre Carlos Escandón Domínguez —el sacerdote jesuita que llevaba el grupo, profesor emérito, formado en la tradición rogeriana ignaciana que vino directo de Lafarga— me miró y dijo algo que se me quedó tatuado.
No me dio consejo. No me dio fórmula. No me dijo qué hacer con esa idea.
Lo que dijo fue, en sustancia: “Da gusto ver que alguien entiende de verdad”.
Eso fue todo.
Y fue muchísimo más fuerte que cualquier instrucción. Porque lo que Escandón me dio no fue un siguiente paso —fue validación de que el lugar donde había llegado era real. Que lo que veía era cierto. Que no estaba inventando ni exagerando. Que el ego en lo noble sí está, y verlo no es enfermedad ni mancha, es lucidez.
Desde esa validación, el siguiente paso era mío. No suyo. Y eso, para alguien formado en la tradición de Rogers, es lo más coherente que podía hacer.
Aquí es donde aparece la trampa.
Porque si te quedas solo con la frase de Rogers —“hago lo mejor que puedo con las herramientas que tengo”— sin nada más, se vuelve autocomplacencia.
Es muy fina la línea, te lo digo de frente. Aceptarte puede deslizarse en cualquier momento hacia justificarte. Abrazar tu miseria puede convertirse, casi sin que lo notes, en enamorarte de ella. “Ya hice lo que pude, no me exijas más, déjame en paz, esto es lo que soy.”
Y eso ya no es aceptación rogeriana. Eso es excusa con vocabulario de desarrollo humano.
He visto a mucha gente —y me he visto a mí mismo— cruzar esa línea sin darse cuenta. Te aceptas tanto que dejas de moverte. Te abrazas tan fuerte tu propia herida que la herida se vuelve identidad. Y entonces ya no hay frase que te saque de ahí, porque cada empuje externo lo lees como falta de comprensión.
La aceptación sin contrapeso se pudre. Eso lo aprendí también en ese mismo diplomado, en clases distintas, en debates distintos. Lo aprendí viéndolo en otros y reconociéndolo en mí.
Y aquí entra el concepto que cierra el círculo.
Los jesuitas tienen una palabra para el contrapeso. Le llaman Magis. Es latín. Significa “más”.
No es excelencia genérica. No es perfeccionismo. No es “ser el mejor”. Es algo mucho más fino, y para mí, mucho más útil. El Magis es comparativo, no superlativo: significa que desde donde estás —con lo que tienes, con lo que ya eres, con tus herramientas actuales— puedes dar un poco más.
No más en abstracto. Más en concreto: más servicio, más bien, más utilidad, más entrega, más cuidado. Más con lo que ya soy. Con lo que ya tengo. Con lo que ya está disponible.
Esa es mi lectura del Magis: dar más con lo que ya soy. No ser más. Dar más.
Y ese matiz lo cambia todo. Porque “ser más” te pone en deuda permanente con un yo idealizado que aún no existe. “Dar más” te pone a trabajar desde el yo que sí existe, hoy, con sus herramientas reales.
Cuando juntas las dos cosas —Rogers más Magis— pasa algo importante.
La aceptación rogeriana te abraza: “Hiciste lo mejor que pudiste con lo que tenías. No te exijas con varas que no te tocan. No te flageles por lo que el de antes no podía saber.”
El Magis te empuja: “Y desde aquí, con lo que tienes hoy —que ya es más que antes, porque ya viste lo que entonces no veías—, ¿qué más puedes dar?”
Una sin la otra se pudre. Pura aceptación se vuelve resignación o autocomplacencia. Puro empuje sin aceptación se vuelve exigencia neurótica, el viejo “valgo si resuelvo” disfrazado de ambición espiritual.
Las dos juntas son lo que opera. Y mantenerlas juntas no es logro, es ejercicio constante. Cada día. Cada decisión. Cada momento donde te das cuenta de que estás cruzando hacia un lado u otro.
Hoy, años después, sigo en eso.
Sigo abrazando mi miseria y sigo trabajando para no enamorarme de ella. Sigo aceptando lo que fui sin colgarme medallas por verlo. Sigo dando el siguiente paso sin volverlo exigencia.
A veces lo logro. A veces me deslizo hacia la autocomplacencia y tengo que regresar. A veces me empujo demasiado y tengo que aflojar. La línea es fina y la fineza solo se mantiene con atención constante.
Lo único que cambió desde aquel diplomado es que ahora veo la línea. Antes no la veía. Y ver la línea, aunque la cruces seguido, ya es trabajo distinto.
A Carl Rogers, a Juan Lafarga, al padre Escandón y a esa cadena de transmisión que llegó hasta mí —aunque ninguno me conoció directamente excepto el último— les debo algo concreto: me enseñaron a sentarme con lo que soy sin enamorarme de ello.
Y eso, hoy lo entiendo, es de los regalos más útiles que he recibido en esta vida.