La vara está ridículamente baja
Sobre consistencia, miedo, y por qué casi nadie sostiene
Después de más de 20 años en el mundo corporativo llegué a una conclusión que no es cómoda decirla, pero es real: gran parte de la gente no trabaja por diseño, trabaja a madrazos.
Se mueven cuando ya hubo problema. Cuando ya los presionaron. Cuando ya hubo consecuencias. Cuando ya sienten el agua en el cuello.
Y eso genera una distorsión rarísima del mercado:
Hoy ser extraordinario es muchísimo más fácil de lo que debería ser. Porque la vara está bajísima. Porque hacer lo ordinario, sostenidamente, ya te separa.
Te voy a contar algo que me pasó hace muchos años, en mi primer puesto con personal a cargo.
Era un puesto operativo, con radio en mano todo el día. Y había una cosa muy simple: cuando alguien llamaba por radio, alguien tenía que contestar. Era literalmente el trabajo. La cosa más básica que existe. Y aun así, casi nadie contestaba.
Yo empecé a contestar. Sin estrategia, sin método. Solo porque me parecía absurdo no hacerlo. Y muchas veces contestaba cagado de miedo. Muchas veces no sabía resolver lo que me preguntaban. Muchas veces el problema me quedaba grande. Pero contestaba.
Y empezó a pasar algo que yo no busqué: la gente empezó a hablarme a mí. Por radio, por teléfono, en persona. No porque fuera el más capaz —no lo era, había gente con muchos más años, mucha más experiencia técnica que yo. Empezaron a hablarme porque era el que respondía.
Eso me abrió puertas que la genialidad no abre. Me dio uso en posiciones donde, en papel, no era el primer candidato.
Y ahí entendí algo que sigo cargando: la consistencia no requiere seguridad. Requiere aparecer. Aparecer aunque no sepas. Aparecer aunque te tiemble la voz. Aparecer aunque por dentro estés convencido de que la vas a cagar.
Porque el seguro que no aparece y el inseguro que sí, no juegan el mismo juego. Y con el tiempo, ese pequeño detalle hace toda la diferencia.
Esto va más allá del trabajo.
Empezar es fácil. Casi todos arrancan motivados con algo: el gimnasio, el negocio, la dieta, el proyecto, la pareja, leer más, dormir mejor. Hay energía, hay novedad, hay ganas.
Lo difícil es aparecer cuando ya estás cansado. Cuando ya te aburriste. Cuando ya no hay aplausos. Cuando nadie te está viendo. Cuando lo que estás haciendo dejó de ser interesante y se volvió simplemente lo que toca.
Ahí se parte el grupo en dos.
Y no se parte por talento. Se parte por consistencia. Y la consistencia, casi siempre, no se sostiene desde la motivación —se sostiene desde otra cosa más estructural: decidir que vas a aparecer aunque tu humor diga que no.
Hay otro fenómeno que vale la pena nombrar, porque es donde la consistencia paga.
Cuando llegas a un lugar y empiezas a operar distinto, la gente lo nota muchísimo más rápido de lo que crees. Y de ahí sale ese dicho que todos repetimos: crea fama y échate a dormir.
Es brutal porque es real. Para bien y para mal.
La gente recuerda al que siempre responde y al que siempre se desaparece. Al que cumple y al que da vueltas. Al que aporta y al que solo habla bonito. La reputación se construye en pequeñas acciones repetidas, no en momentos épicos. Y una vez que se construyó, opera sola. Para tu favor, o para tu chinga.
Yo lo aprendí del lado bueno con el radio. Pero también lo he visto del otro lado: gente que en seis meses se construyó una reputación que después tardó años en desarmar, sin que ellos mismos se dieran cuenta del momento exacto en que pasó.
Por eso digo que la excelencia rara vez viene de hacer cosas extraordinarias. Casi siempre viene de hacer cosas ordinarias de manera extraordinariamente consistente.
Y cuando entiendes eso, cambia el juego. Porque dejas de buscar la idea genial, el momento épico, el golpe maestro. Y empiezas a operar desde lo único que sí depende de ti: aparecer otra vez. Aparecer mañana. Aparecer la semana que entra. Aparecer cuando no hay nadie viendo.
Esto no es magia. No es talento. No es genialidad.
Es estructura. Es criterio. Es dejar de operar dependiendo del humor, de la motivación o del caos del día.
Y sí, paga muy bien ser extraordinario. Lo que pasa es que casi nadie está dispuesto a hacer la parte aburrida y silenciosa que se necesita para llegar ahí.
El problema nunca fue empezar.
Es sostener.
Y sostener, casi siempre, se hace cagado de miedo. Sin aplausos. Sin garantía. Sin saber si vas a poder.
Pero apareces.
Y eso, en un mundo que opera a madrazos, ya es suficiente para distinguirte.