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El soundtrack de tu vida importa

Sobre Sabina, Chavela, calle Melancolía y la mudanza más silenciosa que he hecho

6 min de lectura

Yo, estadísticamente, debía ser un fracaso.

Estoy cableado para la melancolía. Soy bohemio de fondo, no de pose. Existencialista extremo en mis horas malas. Con tendencia natural al hundimiento elegante, ese que se deja caer despacio porque le pone nombres bonitos a la caída. Sin intervención sobre mi propio cableado, la trayectoria estaba escrita: una vida funcional por fuera y vacía por dentro, con buenas frases para justificar el vacío.

Y durante muchos años, esa vida tuvo dos voces que la sostuvieron:

Joaquín Sabina y Chavela Vargas.

Y aquí no voy a fingir distancia. Los amo. Los amaré hasta el último día. Porque hay artistas que no acompañan, te entienden. Te alcanzan en la madrugada, en la cruda, en la despedida, en el amor mal acomodado, en esa hora rara donde uno no sabe exactamente qué le duele. Sabina escribió canciones que parecía que me las habían robado de la cabeza. Chavela cantaba como si supiera exactamente lo que yo no podía decir, al fin y al cabo, “Las amarguras no son amargas, cuando las canta Chavela Vargas…”

Eso no se suelta. Y este post no es para soltarlo.

Pero hay una canción de Sabina, en particular, que tengo que nombrar.

Se llama Calle Melancolía.

Y no es mi favorita. Pero hoy que lo entiendo, es la más cabrona, porque Sabina me había dado mi dirección años antes de que yo supiera que vivía ahí. La canción describe a un hombre que vive en el número siete de calle Melancolía. Lleva años queriendo mudarse al barrio de la alegría. Pero siempre que lo intenta, ya salió el tranvía. Y entonces se sienta en la escalera y silba su melodía.

Eso era yo.

Yo vivía ahí. Tenía la dirección exacta. Y el problema no era no saber cómo mudarme. El problema era que me había acostumbrado a sentarme en la escalera y silbar la melodía. Había hecho de la parálisis una identidad. La derrota tenía buena banda sonora, así que dejaba de ser derrota y se volvía estilo de vida.

Aquí entra una idea que me cambió cómo me veo a mí mismo, y te la voy a dar con todas sus letras:

Yo no estaba atrapado en la melancolía. Yo estaba romantizando la derrota.

Y eso es muy distinto. Estar atrapado es condición. Romantizar es acción. Es algo que tú haces: tomas algo malo, le pones luz dorada, le pones letra bonita, y de pronto ya no tienes que cambiarlo porque verlo así se siente noble. Profundo. Auténtico.

Romantizar la derrota es el lenguaje con el que el bohemio se queda quieto. Aplica al amor que ya no funciona pero suena a poesía. Al trabajo que te vacía pero suena a lealtad. A la melancolía que te paraliza pero suena a sensibilidad. Es la forma más fina de no moverte: hacerte tu propio domicilio bonito.

Y la música —cuidado con esto— es uno de los materiales con los que se construye la decoración del domicilio.

Todos hemos escuchado la frase: eres el promedio de las personas con las que te juntas.

Yo creo que eso se queda corto.

Eres el promedio de las cosas que te alimentan todos los días. Las personas, sí. Pero también las conversaciones que tienes, los libros que abres, el contenido que consumes, los lugares donde te paras, los hábitos que sostienes. Y la música. Sobre todo la música, porque la música no se procesa con la cabeza —te entra directo al cuerpo. Moldea tu ritmo emocional, tu narrativa interna, la manera en que recuerdas, la manera en que interpretas lo que te pasa.

Y aquí está el veinte que me cayó tarde: si yo ya estaba cableado para romantizar la derrota, escuchar canciones que romantizan la derrota todos los días no era compañía. Era refuerzo. Era mi propia inclinación confirmándose en bucle. Sabina no me hizo melancólico —yo ya lo era. Pero Sabina me dio el vocabulario para hacer mi melancolía bonita, narrable, casi noble. Y eso es justamente lo que cuesta soltar.

Porque dejar de romantizar la derrota es aceptar que vivirla simplemente como derrota es feo. Sin poesía. Sin nobleza. Y que ya no tienes excusa para seguir ahí.

El veinte me cayó a la mitad de mi vida en el mundo corporativo. Pero entre saber y poder, hubo años.

Años de cenas, juergas, restaurantes, sobremesas largas, convivios bohemios donde la música era pegamento de toda una infraestructura emocional. Años de cruda emocional al día siguiente sabiendo que ya no era ahí, pero teniendo que volver. Vivir en calle Melancolía sabiendo la dirección. Sabiendo que el tranvía existía. Y aun así, cada vez, sentándome en la escalera a silbar la melodía.

Eso fue lo más jodido. No fue no saber. Fue saber y no poder. Y hubo un año particular en que la cantina se vació de gente y solo quedaron las canciones. De ese año voy a escribir aparte.

La mudanza fue silenciosa.

No hubo decisión épica. No tiré los discos. No bloqueé las playlists. Lo que pasó fue más sutil: empecé a escuchar otras cosas en los lugares donde antes solo había Sabina y Chavela.

Música clásica para escribir y trabajar. Para crear. El silencio estructurado de Bach, de Chopin, de Satie. Eso es lo que pongo cuando estoy haciendo lo que más me importa hacer.

Son cubano para cocinar y para los domingos. Para vivir. Para los espacios donde estoy con los míos —porque cocinar, para mí, siempre ha sido una forma de amor.

Audiolibros para todo el tiempo restante. Para alimentar la cabeza con algo que sume, no con algo que confirme.

Y Sabina y Chavela siguen en mis playlists. Siguen sonando. Pero ya no son sistema operativo. Son visita.

Lo voy a decir con la frase exacta que se me salió cuando lo entendí: los sigo escuchando, pero ya no los sufro.

Esa es la diferencia entre habitar y visitar. Habitar es entregarte. Visitar es pasar por ahí, agradecer, y volverte a ir. Hay canciones que se merecen visita. Pero no todas se merecen domicilio.

Esto va más allá de la música, obvio.

Hay personas que son canción de visita y a las que les abriste cuarto. Hay conversaciones que son tertulia bonita y que te dejan toxina por días. Hay contenido que parece compañía y es en realidad goteo. Hay narrativas internas que repites como si fueran tuyas y son letra de algo que escuchaste demasiado.

El criterio es el mismo. ¿Esto es visita o es domicilio? ¿Lo estás disfrutando, o lo estás habitando? ¿Lo escuchas, o lo sufres?

Porque una cosa es ser fiel a lo que te marcó. Y otra muy distinta es seguir viviendo en un domicilio que ya te queda chico, solo porque tiene buena vista y buena música.

Hoy ya no vivo en calle Melancolía.

Algunos sábados la visito.

Pero ya no duermo ahí.

¿Y tú, dónde estás durmiendo?