El ego se esconde en la fortaleza
Sobre las cinco lentes desde las que opero, y la trampa de cada una
Llevo ocho años de coaching, y hace un par de años, como parte de ese proceso, hice el assessment de Gallup. Lo que el test me dijo coincidió con cosas que yo ya intuía sobre mí mismo, pero las puso en blanco y negro.
El test arroja un ranking de 34 talentos. Los cinco de arriba son los que operan en automático, los que activas sin esfuerzo, los que te explican por qué lees el mundo de cierta forma y no de otra. Y los míos son estos: Individualización, Idear, Futurista, Competitivo, Desarrollador.
Antes de seguir, una aclaración importante: estos son los míos, no los tuyos. Tu lectura del mundo se hace desde otras cinco. El mecanismo del que voy a hablar aplica a las tuyas igual que a las mías, pero las trampas concretas son distintas.
Y aquí viene el centro de mi reflexión.
Las fortalezas naturales son tu mejor herramienta y tu peor trampa al mismo tiempo. Porque lo que el ego quiere, casi siempre, es disfrazarse de talento.
Y cuando lo logra, no lo ves. Porque parece tu mejor versión.
Antes de bajar a las cinco, quiero definir desde dónde uso la palabra ego en este post. No me refiero al ego de “querer tener razón” o “querer brillar”.
Para mí ego es algo más específico y más jodido: es el yo que necesita confirmación externa para sostenerse, y que por eso convierte cada fortaleza en una forma encubierta de pedir esa confirmación. No te das cuenta de que la estás pidiendo, porque viene disfrazada de competencia, de generosidad, de visión, de cuidado al otro. Pero cuando rascas, lo que hay debajo es: necesito que alguien me confirme que existo (ontológicamente).
Ego es, en el fondo, confundir lo que haces con quién eres. Y cuando esa confusión se mete en tu fortaleza, lo que era un don empieza a operar como mecanismo de regulación. Sigue funcionando hacia afuera. Pero por dentro ya no eres tú usando el talento. Es el talento usándote a ti.
Hace años tomé un diplomado en desarrollo humano con los jesuitas. Hubo una clase que me marcó. Hablaba del ego con una claridad que pocas veces he vuelto a escuchar, y dejaba algo asentado que no he podido sacarme: es profundamente humano que hasta la acción más noble cargue ego. No estamos limpios. Nadie. Y esa es la primera honestidad sin la cual el resto del trabajo no es posible.
Si crees que tus motivos son puros, no los has examinado. Si los examinas honestamente, vas a encontrar carga. Y no es para flagelarte —es para verla, para nombrarla, y para no operar fingiendo que no está.
Te pongo mis cinco. Tres rápidas, dos a fondo.
Individualización es leer lo único de cada persona. No la categoría amplia donde encajaría, sino el patrón estructural que la hace ella y no otra. Operando limpia, es la base desde la que asesoro: arranco por la persona antes que por el negocio.
El ego se monta cuando privilegio al individuo por encima del grupo —porque ver al especial me hace sentir especial yo también. O cuando me decepciono si el otro no me lee de vuelta. Si yo te leí, deberías leerme tú. Si no lo haces, hay algo mal en ti. Esa es la voz del ego, no del talento.
Idear es conectar conceptos aparentemente dispares y armar puentes nuevos. Es la maquinaria de cómo construyo marcos: mover piezas de filosofía, finanzas, sistemas y vida cotidiana hasta que algo encaja.
El ego se monta cuando confundo resonancia con verdad. Si la idea genera reacción, debe estar buena. Si la gente aplaude, es cierta. Si nadie reacciona, dudo. Y eso es muy peligroso, porque la verdad no se mide por reacción ajena. Pero el ego lo confunde porque la reacción es justamente la confirmación que él busca.
Competitivo es el motor de excelencia. Comparar resultados, querer ganar, no conformarme con el promedio. Esto me empujó durante 22 años corporativos. Me dio combustible cuando otros ya habían bajado los brazos. Es valioso.
Pero el ego se monta cuando descubres algo incómodo: que necesitabas la comparación para sentirte valioso. Y un día llegas a un lugar donde ya no eres el mejor. No por incapacidad, sino porque el ambiente cambió o porque al lado tuyo hay gente excepcional. Y entonces aparece esa frase que registré con dolor en mi propia narrativa: aquí ya no soy excepcional, soy uno más. Y eso duele desproporcionadamente. ¿Por qué duele tanto si racionalmente sabes que está bien? Duele porque revela que tu valor estaba apoyado en la comparación, no en ti. Y cuando la comparación se acaba, el piso se siente vacío.
Antes de las dos profundas, te paro un momento.
¿Tú estás operando desde tu fortaleza, o estás operando desde el ego que se disfraza de tu fortaleza?
No es pregunta retórica. Es pregunta real. Porque desde adentro las dos cosas se sienten igual. Las dos te hacen actuar. Las dos producen resultados visibles. Las dos te dejan con la sensación de “estoy siendo yo”.
La diferencia no se ve en lo que haces. Se ve en lo que pasa cuando dejas de hacerlo.
Si dejas de operar tu talento un día y estás en paz, era talento. Si dejas de operarlo y empiezas a sentir vacío, ansiedad, irrelevancia, necesidad urgente de volver a hacerlo —ahí no era el talento. Era el ego apoyándose en el talento para no quedarse desnudo.
Esa es la prueba. Y casi nadie se la hace.
Ahora sí, las dos que más me han trabajado.
Futurista — y la trampa de no estar nunca aquí.
A mí me prende lo que viene. Me prende el sistema que todavía no existe. Me prende imaginar cómo se va a ver una operación dentro de cinco años, dentro de diez. Me cuesta operar lo que ya está construido —el sostener pacientemente lo que ya funciona me agota más que armarlo de cero. Por eso el mundo corporativo me asfixiaba y los proyectos que estamos armando me prenden: ahí sí estoy creando, no solo operando.
Eso es Futurista limpio. Es un don. Y lo defiendo, porque hay gente que sin esa lente sería incapaz de imaginar lo que aún no es.
Pero el ego se monta cuando vivir en el futuro se vuelve forma de no habitar el presente. Cuando “mis mayores logros están por venir” deja de ser ambición y se convierte en descontento crónico con todo lo que ya construí. Cuando ningún resultado actual me alcanza, no porque sea pequeño, sino porque el yo que vive en el futuro no se siente seguro reconociendo el presente.
Y aquí está la grieta más fina: el ego del futurista no parece ego. Parece ambición. Parece visión. Parece “él no se conforma”. Pero lo que está pasando por dentro es otra cosa. Es alguien que necesita seguir creando algo nuevo todo el tiempo porque cuando se queda sin algo que crear, se siente disolverse.
Y cuando proyecto eso a otros —cuando le hablo a alguien del futuro que podría tener sin verlo en el presente que tiene— ya no estoy ayudando. Estoy pidiéndole al otro que confirme mi propia visión. Estoy usando su futuro para sostener mi necesidad de seguir activando.
La pregunta dura conmigo mismo: ¿estás creando, o estás huyendo de habitar lo que ya creaste?
Desarrollador — y la trampa de cargar para valer.
Esta es la sombra más profunda que cargo, y la voy a poner sin maquillaje.
Desarrollador es ver el potencial del otro y empujarlo a crecer. Es uno de los talentos más bonitos del catálogo: te alegras genuinamente de que el otro se desarrolle. Lo cuidas. Lo acompañas. Lo ves antes de que él se vea.
Y yo lo tengo. Y opera limpio muchas veces.
Pero también opera sucio. Y cuando opera sucio, aquí está lo que pasa: yo no estoy ayudando al otro a crecer. Estoy cargando al otro para sentirme valioso yo.
Y eso tiene un origen muy concreto. Lo trabajé con mucha introspección, con mucha autocrítica, lo identifiqué con coaching, en terapia, dolió aceptarlo: viene de un patrón temprano donde aprendí que me querían más cuando cargaba. Cuando resolvía. Cuando era responsable. Cuando otros podían descansar porque yo sostenía. La frase oculta del sistema, traducida con honestidad, es: si no resuelvo, no existo.
Y entonces todo se contamina. Cada vez que ofrezco ayuda, cada vez que me hago cargo de algo que el otro podría hacer, cada vez que entro a salvar una situación —tengo que detenerme y preguntarme: ¿esto es Desarrollador limpio, o esto es mi necesidad de cargar para confirmar que valgo?
A veces es lo primero. A veces es lo segundo. Y muchas veces es las dos cosas mezcladas.
Lo más jodido de esta sombra es que el otro casi siempre agradece tu carga. Y entonces el ego encuentra confirmación inmediata. “Te ayudé, gracias, eres maravilloso.” Y yo me quedo con la dosis de validación. Y el patrón se refuerza. Y la próxima vez cargo más rápido, más fuerte, más automático. Y un día estás cargando cinco vidas que no son tuyas, mientras la tuya se queda en pausa, y todos te aplauden por hacerlo.
La pregunta dura conmigo mismo: ¿estás desarrollando al otro, o estás usando el crecimiento del otro para confirmar tu valor?
Y la respuesta más honesta que tengo hoy es: a veces lo uno, a veces lo otro, y mi trabajo es notarlo cada vez más rápido.
Lo que aprendí de mirar mis cinco fortalezas con esta lupa es que el ego es muchísimo más astuto de lo que yo creía.
No se esconde en mis defectos. Mis defectos son obvios; los ataco frontalmente, los trabajo, los gestiono. El ego no vive ahí.
El ego vive en mis virtudes. Porque ahí no lo estoy buscando. Porque ahí me siento bien siendo yo. Porque ahí parece que estoy en mi mejor versión. Y precisamente porque parece eso, el ego se acomoda y se queda años sin que nadie lo note — y menos uno mismo.
Lo que más me ha costado entender es que no se trata de quitarme las fortalezas, ni de desconfiar de ellas, ni de operar a la mitad. Se trata de saber, en cada momento, desde dónde las estoy usando.
Si las estoy usando porque sí, porque me dan vida, porque construyen, porque crean —ahí están operando como talento.
Si las estoy usando porque sin ellas no sé quién soy, porque necesito la dosis, porque sin la confirmación me siento disolverme —ahí están operando como ego disfrazado.
Y a veces el cambio es tan sutil que no lo notas hasta que es demasiado tarde. Hasta que ya cargaste lo que no tenías que cargar. Hasta que ya proyectaste un futuro que no era para ese momento. Hasta que ya privilegiaste a un individuo en perjuicio del grupo. Hasta que ya creíste que la idea era buena solo porque alguien la aplaudió.
Yo todavía caigo. Con todo el sistema que he construido, con todo lo que he leído, con los ocho años de coaching, con todo el trabajo de autoconocimiento. Sigo cayendo. Lo que ha cambiado no es que ya no caiga. Lo que ha cambiado es que ahora me doy cuenta más rápido. A veces antes de actuar. A veces durante. A veces solo después —pero antes era mucho después, o nunca.
Y por eso, para mí, es indispensable detenernos. Salir del automático aunque sea por momentos. Aprender a observarnos operando. Porque mientras vivamos en automático, nuestro ego se nos va a colar en las fortalezas sin que lo veamos venir. Y vamos a confundir años enteros de operación contaminada con “estar siendo yo”.
No estoy proponiendo que todos hagan diplomados, ni Gallup, ni coaching de ocho años.
Estoy diciendo algo más simple y más duro: mientras no te detengas a ver desde dónde operas, no estás operando tú. Está operando lo que automatizaste, sea fortaleza limpia o ego disfrazado de fortaleza.
Esto es lo único honesto que puedo decir hoy:
El ego no se mata. Se reconoce.
Y se reconoce con más precisión cada vez, hasta que un día puedes operar tu fortaleza sin que él se cuele a la fiesta. O al menos, sin que se quede toda la noche.