La falacia del referente perfecto
A quién le crees, desde dónde, y para qué
Hay una idea que circula y nadie cuestiona: para aprender de alguien, ese alguien tiene que ser infalible.
El terapeuta no puede tener problemas en su vida.
El coach no puede haber fracasado.
El que escribe sobre dinero tiene que ser rico.
El que habla de paz tiene que estar en paz.
Y si descubres que no, lo descartas entero.
Esa es la primera cagada, y casi nadie la ve.
Con redes sociales esto se recrudeció brutalmente. Salieron miles de líderes de opinión, reales y ficticios, todos vendiendo claridad, todos con la postura impecable, todos con la respuesta. Y el mercado emocional se polarizó.
De un lado: los que se lo creen todo. Siguen al gurú de turno, repiten frases que no entienden, se inscriben al siguiente curso. No piensan, modelan a ciegas.
Del otro lado: los que no le creen a nadie. Lo descartan todo, es marketing, es humo, es coach, es vendedor. No hay nadie que valga la pena.
Los dos extremos parecen opuestos, pero son la misma fractura.
Yo te voy a confesar de qué lado caí, porque es importante para lo que viene.
Yo no me fui de bruces siguiendo a un gurú. A mí me pasó lo otro. Yo era el que no le creía a nadie.
Y lo más cabrón es que mi desconfianza no nació de un lugar pendejo. Nació de un lugar válido: no quería que me vendieran humo, no quería entregar mi cabeza, no quería formar parte de un rebaño que aplaude al de turno. Esa exigencia de pruebas, ese pedir que las cosas tengan sustento, ese olfato para detectar al vendedor disfrazado de maestro… eso me sirvió mucho en mi carrera profesional. Era una virtud.
Pero como toda gran virtud, tiene su punto ciego cuando abusas de ella.
Mi desconfianza, que era profesionalmente útil, se me volvió personalmente jaula. Pasé años descartando a todo el que decía algo que sonara remotamente parecido a desarrollo personal, a coaching, a crecimiento. Todos eran sospechosos. Todos vendían algo. Todos eran imperfectos, así que todos quedaban descalificados.
¿Y sabes qué pasó?
No arranqué. Durante los primeros 10 años de mi vida profesional no arranqué.
Mi cárcel no fue creerle a un falso profeta. Mi cárcel fue no creerle a nadie y quedarme con la sensación falsa de que eso me hacía más inteligente. No me hacía más inteligente. Me hacía más solo y más pendejo.
Algo cambió cuando empecé a leer a Tony Robbins, en particular su idea de modelar.
Robbins dice algo que para mí fue clave: si quieres un resultado que alguien más ya tiene, estudia cómo lo logró y replica los componentes que apliquen a ti. No te enamores de la persona, estudia el patrón.
Pero ahí mismo está la trampa en la que casi todos caen: se ponen a modelar al astronauta, al atleta olímpico, al multimillonario. Y obviamente no funciona. Porque —y esto lo desarrollé hace tiempo en otro post, el de la pirámide de Maslow y Umbral— la persona piensa distinto según el piso desde el que vive. La lógica del que opera varios pisos arriba del tuyo no aplica en tu realidad. El que ya tiene patrimonio resuelto te puede hablar de legar; pero si tú apenas estás estabilizando ingresos, escuchar de legado te confunde más de lo que te ayuda, no porque esté mal lo que dice, porque no es para ti todavía.
Yo soy creyente de algo más aterrizado: modela al que está uno o dos escalones arriba de ti, no al que está veinte.
Al que ya resolvió lo que tú estás resolviendo ahora.
Al que tiene resultados reales, no aparentes.
Al que está cerca de tu nivel, no en otra galaxia.
Ese es el referente útil y casi nunca es el famoso.
Pero aquí viene la segunda corrección, la que me costó años entender.
Modelar no es delegar tu pensamiento. Modelar no es comprar el paquete completo de la otra persona. Modelar es tomar fragmentos: cómo estructura su día, cómo decide en qué invertir, cómo dice que no, cómo cobra, cómo conversa con sus hijos, pedacitos, componentes.
Porque si tomas a la persona entera, tarde o temprano descubres que tiene un matrimonio en crisis, una sombra que no resolvió, una decisión que arrastra de hace diez años y entonces, si pensabas que era infalible, te decepcionas y lo tiras todo, vuelves al extremo del descarte.
La gente útil no es infalible. La gente útil es operacionalmente sólida en algún dominio específico. Y de ese dominio puedes aprender, aunque en otros la persona esté hecha pedazos.
Tu trabajo no es decidir si el otro es bueno o malo. Tu trabajo es decidir qué fragmento de su operación te sirve, y qué fragmento no.
Eso requiere criterio y el criterio no se delega.
Por eso digo que el problema nunca fue a quién creerle.
El problema es desde dónde lo escuchas.
Si lo escuchas desde el pedestal, lo idolatras hasta que te decepciona.
Si lo escuchas desde el descarte, te blindas y no aprendes nada.
Hay un tercer lugar, que es el del adulto capaz parado en su propio piso: escucho, evalúo, tomo lo que me sirve, descarto lo que no, sigo siendo yo.
Ese es el lugar útil. Y es el que más cuesta sostener, porque exige criterio activo todo el tiempo. Es más fácil rendirse al gurú o al cinismo que sostener el filtro propio.
Hoy a mis 48 años puedo decirlo claro: la desconfianza que me protegió tantos años también me costó tiempo y oportunidades.
No me protegió de equivocarme, me protegió de aprender.
Si alguien hubiera podido enseñarme algo hace diez años, yo no estaba en condiciones de escucharlo, porque mi filtro estaba puesto en buscar la falla del otro, no en buscar el componente útil.
Hoy escucho distinto. Y lo voy a decir con todas sus letras: hoy aprendo más, no porque haya menos vendedores de humo —al contrario, hay muchos más—, sino porque ya no necesito que el otro sea perfecto para tomar de él lo que sirve.
Y tampoco necesito creerme todo lo que dice para reconocer que algo de su operación está mejor calibrada que la mía.
Ese cambio no fue de información, fue de postura.
El rumbo no se elige eligiendo bien al gurú.
Empieza adentro, en el lugar desde donde escuchas.